
Las piedras, que tan irreverente indiferencia tienen hacia el tiempo, finalmente son doblegadas por él. El hombre no es el único animal que rompe el caos de la naturaleza imponiéndole un orden para sus propósitos, pero sí es el único cuyo esfuerzo, más allá de finalidades prácticas, aspira a la belleza. Por eso hoy encontramos en los vestigios de los puentes, diques, murallas y columnas, adornos y formas absolutamente inútiles, pero maravillosamente bellos.
En Micenas encontramos, quizá, las piedras más antiguas que hayamos visto desde el inicio de nuestro periplo por Grecia; pero en realidad, tales piedras ya estaban allí cuando Agamenón les hizo dar forma y ordenar hasta erigirlas en el palacio desde donde divisaba la preciosa bahía de Navplio, y han seguido estándolo hasta hoy, destronadas de sus posiciones en columnas, terrazas y salones, desperdigadas con más o menos rigor según el juicio de los arqueólogos que ven en ellas la memoria de un tiempo, cinco mil años atrás, del que sabemos por el diálogo silencioso que mantienen con ellas. Esas piedras, seguirán también ahí, imperceptiblemente perdiendo sus formas hasta el día en que ni arqueólogos, ni humanos en general, las ronden buscando explicaciones de sí mismos. Incluso más allá.

Habíamos recorrido casi setenta millas ininterrumpidas desde Lavrio, dejando la bellísima Hydra a nuestro babor, y subiendo por el golfo de Argolikos hasta Navplio. Nos amarramos a su inmenso muelle y alquilamos la moto del “accidente”. Con ella, hicimos una media hora de camino hasta el yacimiento arqueológico de Micenas, en lo que un día fue el centro de una de las civilizaciones más antiguas de las que tenemos conocimiento, y de la que aún queda la planta de sus calles, el perímetro de sus casas y restos de enterramientos egregios. Allí confirmamos la ubicación estratégica del lugar con vistas ininterrumpidas de la bahía haciendo posible la defensa o bienvenida, según el caso, para quien fondeara en sus aguas. En el museo comprobamos el dominio de la talla que ya tenían los hombres y mujeres de aquel tiempo, y que ya hubiesen querido para sí imperios que dominarían milenios más tarde.




Cerca de allí estaba la presunta tumba del gran rey Agamenón. ¡Nunca un rey tan grande tuvo un porquero cuya fama le igualara! Se trata de un montículo ahuecado en su interior creando una bóveda de piedra de considerable altura y a la que se accede por un corredor de elevadas paredes que termina en la cámara mortuoria donde un día se supone que descansaron los restos y tesoros funerarios del gran rey. Esta tumba, que ha venido siendo visitada durante varios milenios, se conserva en magnífico estado, y a pesar de estar totalmente vacía, es una parada ineludible para sosegarse en su silencio, envueltos por una penumbra protectora del sol impenitente del exterior.
Emprendimos camino de regreso a Navplio; nos esperaba la enorme fortaleza que la corona. Lo mejor de las fortalezas son sus emplazamientos, normalmente elevados y por ello privilegiados para vigilar, ahora contemplar, las vistas impresionantes que en su día hubieron de defender; pero la austeridad militar de su arquitectura resulta aburrida, salvo por el efecto general de su planta cuando se la contempla desde lejos, mérito que reside más bien en la combinación del lugar y la construcción, que en lo que ésta puede ofrecer por sí misma.







Antes de devolver la moto, un escúter de 125 cc que por los kilómetros que se le intuían, bien hubiera podido proceder de los tiempos micénicos, quisimos aprovecharla para renovar nuestra carga de gigas en la tienda de Vodafone. Nos dirigimos a ella llevados por Google Maps hasta su misma puerta. La tienda estaba a nuestra izquierda en una calle de dos direcciones, así que nos aproximamos por el carril de la acera de enfrente hasta el momento en el que podíamos girar. Redujimos paulatinamente la ya moderada velocidad a la que nos acercábamos hasta estar casi parados y hacer el giro tras el que detenernos en la misma entrada. En ese momento, la rueda delantera continuó su avance en la dirección que traíamos a pesar de que yo ya había girado el manillar, deslizándose como sobre una superficie aceitosa hasta dejarnos tendidos en mitad de la calle. El asfalto estaba limpio y seco, con lo que la única causa posible era el excesivo desgaste de la cubierta. Ambos ilesos, nos levantamos con calma, comprobamos que no había heridas ni lesiones, levantamos la moto y solucionamos en la tienda lo que nos había llevado hasta ella. No fue hasta la noche, caminando por las apacibles calles de Navplio, entre sus casas venecianas y sus tradicionales restaurantes, cuando Paloma empezó a resentirse de una vieja lesión de esquí en las costillas, y la contusión en el pulgar ocasionada por el manotazo con que evitó caer sobre mí cuando la moto nos desmoronó. Así es como una simple, inocua e intrascendente caída pasó a convertirse en “el accidente”.

Pensé otra vez en el orden y el caos, en que las piedras de Micenas habían salido del caos de la naturaleza para incorporarse a un orden impuesto por el hombre; pero nosotros habíamos caído del orden humano, al caos asfáltico. Tal vez sea que el verdadero orden está en la espontaneidad de las cosas antes de que intervenga la voluntad humana, con cuyo orden en realidad convierte en caótico aquello que ha permanecido siempre estable y a lo que propende espontáneamente.





