Segunda travesía del Egeo. La inexplicable intensidad de lo efímero.

Existe una relación incontestable entre el valor que le asignamos a las cosas y su duración. Lo interesante es que dicha relación no siempre experimenta el mismo comportamiento. A veces, cuanto más breve es algo más valor parece tener; esa limitación en el tiempo le otorga una mayor cotización por su carácter de escaso. En cambio, otras veces son las cosas que han trascendido al tiempo las que cobran relevancia, y así contemplamos en museos objetos que un día pasaron totalmente desapercibidos y que hoy se exhiben como vestigios preciados de una época remota.

La salida de Astipalaia fue con el propósito de detenernos en Amorgós y visitar el monasterio que de manera tan inverosímil se aferra a la pared de la roca. Es una imagen impresionante que queríamos grabar en nuestra retina, pero que el meltemi se encargó de trasladar desde el cajón de los destinos visitados al de las asignaturas pendientes. Por eso tuvimos que dejar la isla por nuestro estribor y continuar hasta la siguiente en nuestro camino: Naxos.

Habíamos llegado al mismo corazón de las Cícladas, donde los vientos del norte se muestran más implacables, dispuestos a pasar al abrigo de la pequeña bahía del extremo sur lo que la previsión meteorológica había anunciado como un episodio de “nortes” intensos. No nos podíamos imaginar lo que se nos venía encima…

En previsión de la llegada del fuerte viento habíamos hecho un fondeo a conciencia, asegurando que el ancla estaba bien clavada en un buen tenedero y con mucha cadena para garantizar una amplia catenaria. Conforme a lo habitual en la zona en el mes de agosto, el viento llegó de repente, contundente, indiferente a sus efectos, con una fuerza que puede explicarse, pero no describirse. La primera noche las rachas mugían con la furia de una bestia encolerizada. En la oscuridad de la noche el Alendoy soportaba las acometidas de tan inmensa fuerza, primero por una amura, luego por la otra, y así en una alternancia enervante en la que cada embestida hacía contener la respiración bajo la sombra de una duda latente: ¿resistirá…? ¿Resistirá el ancla…? ¿Resistirá la cadena…? ¿Resistirá la amarra…? ¿Y si no…? ¿Qué haremos entonces…?

Resistimos. Resistió todo, aunque la fiesta aún no había llegado a lo mejor. Amaneció un cielo nítido, en el que el viento no dejaba ni la más remota posibilidad de que nada se suspendiera en el aire. No había aves, ni nubes, ni siquiera los efectos normales de la luz en un día tranquilo. El viento atemoriza hasta el límite cuando se alía con la oscuridad de la noche dejando en manos de la imaginación todo lo que no puede verse. Pero el día muestra con toda crudeza la realidad, y la nuestra en aquel momento era la de un paisaje castigado sin piedad por un viento indescriptible. Su intensidad había aumentado. La arena de la playa se levantaba y avanzaba en nubes sobre la superficie del mar que se había vuelto blanca por la espuma de las olas arrancadas a sus aguas. No era posible mantenerse de pie en cubierta, ni siquiera sujeto. Las comprobaciones en proa de que todo estaba bien había que hacerlas bien agachado para presentar menos resistencia a aquel viento dispuesto a llevarte con él. Los setenta metros de cadena que nos unían al ancla se elevaban hasta la superficie y exhibían una tensión inconcebible; entonces yo pensaba en que por muy sobredimensionado que a uno le parezca el equipo, siempre lo percibirá como insuficiente cuando se lo pone prueba en condiciones extremas. Algunas embarcaciones intentaron entrar en la bahía cuando ya estaba montada la fiesta, y no les resultó fácil. Las condiciones eran complejas, incluso para una maniobra tan simple como la de largar un ancla por proa. Aquella quizá no fuera la experiencia más dura que hubiésemos vivido con el viento (¿o sí…?), pero sin duda estaba entre las más sobresalientes. El par de días que estuvimos allí pareció más largo de lo que fue, y la experiencia, aunque breve, no la olvidaremos; sin duda su brevedad es precisamente lo que más valoramos de ella.

Por fin, cuando la furia del elemento cesó, salimos hacia Paros en cuyo extremo norte se encuentra el pueblo de Náousa. Fondeamos protegidos por el codo que la costa forma en el lado norte de la bahía, y nos acercamos al pueblo en el dinghy. El aspecto era el típico de los de las Cícladas, con casas blancas y calles estrechas, pero no tan conocido como otras, véase Mikonos, que ha trascendido más allá de las fronteras griegas. Me preguntaba por la popularidad de Mikonos, y no alcanzaba a entenderlo, porque no hay nada que la diferencie significativamente de otras poblaciones que, sin embargo, gozan de un aire de autenticidad que ésta perdió hace tiempo.

El puerto de Náousa es uno de los más bonitos que vimos, con su muralla, su torre en el extremo, los restos de lo que un día fueron medios de defensa y abrigo del mar para las casas que, en la misma orilla, se levantan tímidas y arreboladas como plantas que pugnan por su porción de suelo. Todavía se ven embarcaciones de pesca de las de toda la vida, algunas convertidas en restaurante flotante que suma algunas mesas más a las que ocupan las pequeñas calles y plazas junto a los muelles. Todo, en su conjunto, goza de ese atractivo singular que tienen las cosas de otro tiempo, que llegan hasta nosotros como huidas de su época, para traernos el mensaje de cómo fue la vida entonces. Su valor, por ello, es incalculable.

En la mesa de al lado del restaurante japonés donde cenamos, se sentaba una pareja, él del Reino Unido, ella sudafricana, ambos residentes en Londres y de vacaciones en Grecia. El rubio platino en dramático contraste con el color de la piel de Débora, nos había llamado la atención desde que llegamos. Más tarde, a medida que avanzábamos en la conversación, fuimos descubriendo a dos personas muy educadas, correctísimas en el trato, relajadas y naturales que compartieron con nosotros sus visiones sobre el país, el Brexit, la economía, y el resto de los temas que, de manera fluida, iban surgiendo con tanta espontaneidad que bien hubiéramos continuado la noche al amparo de alguna jarra más de vino del lugar. Pero, lo dicho, ya era de noche, y teníamos por delante un par de millas en el dinghy, en plena oscuridad, hasta regresar al Alendoy. Así que aquel fue el punto final de una relación que no por efímera dejó de ser tremendamente agradable. Estaba en la categoría de valioso por efímero.

Cada vez estábamos más cerca de Lavrio, en la península Ática, donde terminarían los días de familia que nos había otorgado el verano. Manu regresaba a Madrid tras el mes de agosto más breve y rápido que hayamos vivido. Apenas había comenzado, ya estábamos en su ecuador y David tuvo que regresar; no nos habíamos recuperado aún de su marcha cuando Manu ponía fin a un mes de familia, en su sentido más profundo, primario, tribal, dejándonos solos, también en su sentido más profundo. Los planes de Álvaro que habría de llegar al marchar Manu, se vieron truncados por los rebrotes del Covid 19 ante los cuales juzgó imprudente viajar exponiéndose al riesgo de una cuarentena que diera al traste con los días que habría de compartir abordo. El tiempo se había contraído…

Esos días junto a nuestros hijos que tan breves nos resultaron, cobraban cada vez más valor a medida que su ausencia iba calando en nuestros corazones hasta depositarse en su fondo y construir sobre el poso de amor incondicional que se ha venido formando desde que nacieron. Los días del Egeo, habían terminado.

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