
Frecuentemente me pregunto por la naturaleza del tiempo, eso que sin ser está siendo, que todo lo transforma pero que en realidad no existe, que solo porque vivimos sabemos de él. A veces parece detenerse; otras, estirarse; también se acelera y da la sensación de volar; se muestra distinto según se lo contemple hacia adelante, cuando aún no ha sucedido, mientras proyectamos; o se lo mire en retrospectiva, cuando tampoco existe por haberse incorporado al pasado, a la memoria. Lo que en él sucede y que llamamos vida, en realidad nada tiene que ver con su naturaleza, pero depende absolutamente de ella. El tiempo nos crea, nos destruye, nos transforma; nos traslada por la existencia como los hilos que sujetan a las marionetas. Lo medimos, lo valoramos, le ponemos precio, lo intercambiamos por bienes y lo reducimos a “cosa” con la idea vicaria de estar sometiéndolo a nuestros propios designios, cuando en realidad, no ejercemos ni la menor muesca en su devenir.
Zarpamos temprano hacia la isla de Tilos, bordeando la península turca de Datca. Hicimos noche en una de sus calas con la idea de descansar antes de emprender rumbo hasta el punto más oriental de nuestro recorrido: Rodas. Ya de camino, a unas 25 millas de la eterna ciudad, leímos sobre Alimiá. Es algo así como un satélite en el lado oeste de la legendaria isla, que se encuentra deshabitado, pero que conserva algunos edificios que en su día se levantaran para prestar apoyo logístico a las tropas alemanas durante la segunda guerra mundial. Ya antes había dado cobijo a venecianos y genoveses, quienes igualmente habían dejado allí sus vestigios arquitectónicos. La isla es un paraíso perdido, apenas frecuentado, con una enorme bahía en su interior que proporciona un buen abrigo del viento. Allí, en aguas transparentes, en el más intenso silencio, asediados por la dulce soledad de quien opta por ser Robinson, detener el tiempo, sucumbir a los sentidos y disfrutar del milagro de estar vivos y conscientes de la vida, tiramos el ancla como quien lanza un cordón umbilical, y lo clavamos en el fondo para respirar de sus entrañas la seguridad de la tierra en una noche quieta y callada.
Aprovechamos para visitar los antiguos barracones militares abandonados desde la guerra, aún con las pintadas que los soldados dejaran en sus paredes, probablemente llevados por el mismo impulso de quienes decoraron los muros de Altamira. Esas creaciones que en su momento no tenían la menor pretensión de largo plazo, han trascendido en el tiempo; un día desaparecerán sin dejar el menor rastro, pero hasta entonces atraen la vista y la admiración de quienes las encuentran, preguntándose cómo serían aquellos hombres que quisieron comunicar al mundo, sin saber en concreto a quién, ni qué mensaje, un estado de ánimo, una idea o un sentimiento. Es lo que normalmente llamamos arte, y que por más que se transforme de una época a otra, tampoco se rinde ante los rigores del tiempo.








Pusimos rumbo a Rodas. La costa ya nos desvelaba una isla frondosa, variada, con paisajes entre montañosos y planos según variase la proximidad a la misma línea de mar. Hicimos norte hasta doblar un cabo con mucha restinga y un faro en el extremo. Al doblarlo, la ciudad de Rodas nos golpeo la vista con sus murallas, sus torres, la variedad de estímulos diversos, todos ellos con el denominador común de proceder de otra época en la que los ataques y las defensas constituían las bases sobre las que se alzaban las ciudades. La entrada al puerto entre las estatuas de dos ciervos sobre sendas columnas, le otorgaba una prestancia singular. A un lado, el espigón amurallado, aún con molinos de viento de otra época rompiendo la inmensidad del cielo; al otro, las puertas de la ciudad, la gran ciudad de piedra a intramuros, con escudos de armas sobre muchas de sus entradas, jalones tallados en forma de columna, calzadas empedradas, plazas ensombrecidas por enormes ficus benjamina, patios interiores con higueras. El acceso a ese castro de piedra por cualquiera de las puertas de la ciudad es impresionante; el encuentro con sus calles más prominentes, ahora entregadas al comercio, es una fiesta para los sentidos; pero el recorrido por el resto de sus innumerables, modestas, fielmente empedradas callejuelas que se extienden por el resto del asentamiento, es una aventura inolvidable por las rutas urbanas de un casco de otro tiempo.

No se sabe dónde estuvo el gran coloso que llevaba el nombre de la ciudad. La creencia de que las piernas jalonaban el acceso al puerto con un pie a cada lado de la bocana, parece más leyenda que realidad; la arqueología moderna se inclina a favor de la teoría de que estuviera en el promontorio más al norte de la ciudad, visible tanto para quienes se aproximaran desde el lado sur, como para quienes lo hicieran desde el norte.












Al día siguiente nos fuimos a conocer algo del interior. Visitamos la fortaleza de Lindos, en el este, sobre su preciosa bahía, coronando las callecitas blancas del pequeño pueblo.








Huroneamos en la zona de “las siete cascadas”, en el interior de la isla, pasando del cauce de un río al de otro a través de un túnel subterráneo construido por el hombre para trasvasar agua cuando sea necesario. El túnel era muy largo, tanto como para desde un extremo no ver la luz del otro, de poco más de un metro setenta de altura, y apenas lo suficiente para no rozar sus paredes con los hombres. Entramos sin saber muy bien dónde nos metíamos, con los pies hundidos en el agua, y avanzamos en la más absoluta oscuridad (alumbrados con la linterna del móvil) notando cómo el agua nos alcanzaba las rodillas y luego los muslos, sin dejar de pensar en cuánto más subiría su nivel antes de llegar al otro lado. Afortunadamente no fue mucho más, y salimos a la luz bastante impresionados por la inesperada experiencia.






También en el interior de la isla visitamos “el valle de las mariposas”. Cuando leímos que se trataba de una reserva de mariposas, se nos despertó un cierto escepticismo sobre el lugar, aunque no lo suficiente como para superar la curiosidad que nos inspiraba; así que lo visitamos. Se trataba del cauce de un estrecho río, muy arbolado en sus escarpadas orillas, junto al que se extiende un camino construido a base de puentes de madera o piedra para poder divisar las mariposas.

Empezamos el recorrido. Ni rastro de mariposas. El paisaje era tan bonito que si hubiesen aparecido unicornios, gnomos, duendes o hadas, no nos habrían llamado la atención. Pero de las mariposas, nada. De repente observamos que sobre el tronco de uno de los árboles había unas manchas blancas, muy uniformes en su aspecto. Resultaba curioso, sin más. Hasta que una de esas manchas se movió de manera extraña; prestándole atención, percibimos enseguida el movimiento de otra, y otra, y otra, hasta que tomamos conciencia de que las manchas no eran tales, sino mariposas. En ese momento, como dotados de una visión especial se nos hizo evidente lo que había pasado desapercibido a nuestros ojos: decenas de miles de mariposas posadas sobre las rocas, en los troncos de los árboles, en alguna pared de contención del cauce del río, mariposas por todas partes, posadas, quietas pero no inmóviles, plagaban el lugar de una manera inaudita. Hicimos todo el recorrido por el cauce del río tan asombrados por el fenómeno como por la belleza del lugar que se quedó grabada en nuestra retina como una de esas perlas que poco a poco van llenando nuestro tesoro de recuerdo inolvidables.



Despedimos Rodas muy temprano para atravesar las aguas territoriales de Turquía con el AIS apagado, lo más rápido posible y evitando ser interceptados por sus autoridades, especialmente activas dada la creciente tensión de su país con Grecia por causa de las prospecciones petrolíferas que habían iniciado en aguas territoriales griegas. Mientras lo hacíamos, escuchamos frecuentes avisos por el canal 16 de la radio que lanzaban los griegos a embarcaciones turcas exigiendo que terminaran inmediatamente la violación de sus aguas territoriales:
- “Turkish warship, you are in position ………………. violating greek territorial waters. ¡Cease the violation inmediately!.”
Aquella mañana, con la costa de Rodas por babor, y la de Turquía por estribor, con mar en calma y la preciosa luz que tienen los amaneceres de agosto, nos bullían sensaciones muy distintas: la de logro por haber atravesado todo el Egeo hasta su isla más oriental, emoción por los lugares tan excepcionales que habíamos conocido, e ilusión por los paisajes desconocidos que nos esperaban en nuestro camino de regreso; y así disfrutamos de aquellas millas plácidas, que confirmaban que no hay nada más valioso que vivir y ser consciente de ello.



