Nisyros y Astipalaia. Entre el volcán y la cocina.

Nuestra siguiente parada fue en Symi, rodeada en gran parte por las orillas de la costa turca. Optamos por un bellísimo fondeadero en el lado sur donde pasamos un par de días de descanso y solaz. Luego dimos el salto hasta Nisyros. Su silueta tiene forma de volcán; sus entrañas, también. Llegamos a un pequeñito puerto en su lado norte y, motos en ristre, ascendimos hasta el cráter por una carretera que iba descubriendo paisajes cada vez más bonitos según la caída del sol teñía las islas de alrededor de colores no menos volcánicos que la propia ladera por la que ascendíamos. Llegamos al punto más alto, pasamos por lo que parecía un puerto de montaña y empezamos a descender, esta vez expuestos al paisaje interior de un enorme valle, todo él rodeado de montañas. Estábamos dentro del inmenso cráter, avanzando por la llanura de su interior hasta alcanzar la misma fuente de erupción que un día escupiera el caldo pétreo que daría forma a la isla cuando se enfrió. El orificio de la grandísima fumarola era como un cráter pequeño dentro del enorme cráter que lo rodeaba. Era blanco como la tiza, con escapes de gas aquí y allá y fuerte olor a azufre. Descendimos a tu interior; notábamos la temperatura del suelo que pisábamos, más cálido de lo normal, si es que hay algo que pueda calificarse de “normal” en la naturaleza. Fue una experiencia emocionante, bella hasta lo dramático, de una intensidad difícil de describir.

Luego visitamos la población. Totalmente abierta al mar como si lo desafiara con sus calles expuestas al oleaje del norte, el pueblo se extendía entre la falda del volcán y los embates de las olas. Muy lejos de ser un decorado que replicara el ideal de pueblo griego, el Mandraki de Nisyros reflejaba en sus calles una vida cotidiana, no ajena al turismo, pero tampoco infiel a su identidad. Las estrechas calles albergaban el comercio que abastecía a sus vecinos, sin excluir otros más orientados a los foráneos que quisieran llevarse en algún objeto un vestigio del alma de la isla.

Salimos bien temprano para nuestra siguiente confrontación con el meltemi de agosto y llegar a Astipalaia contra un noroeste impenitente que levantaba olas y se defendía con gana de quienes pretendían adentrarse en sus pliegues. Luchamos con tesón haciendo la mejor ceñida que permitía un ketch como el Alendoy hasta llegar a la bahía de Vathy profanando su muy angosto canal de entrada, para fondearnos en total soledad.

Fuimos con el dinghy al pequeño muelle que se extendía en el lado este y desembarcamos con admiración y curiosidad, como algún día lo hicieran los primeros pobladores de aquella isla. Justo enfrente había una pequeña edificación con una terraza y un letrero: “taverna”. En su interior había unas pocas mesas ocupadas por gente comiendo en un ambiente que más parecía el del comedor de una casa particular que el de un establecimiento público. Una lista escrita a mano con tiza sobre una pizarra colgada en la pared mostraba el menú y los precios.

Bajo la pizarra, sobre una mesita, había pequeños cuadernos y bolígrafos para que quien entrase anotase en ellos lo que elegía del menú de la pizarra. Una vez habíamos escrito los diversos platos que íbamos a cenar, llevamos nuestro cuaderno a la cocina donde María, la dueña, se afanaba entre sartenes y ollas a la vez que atendía la ventana abierta al comedor y desde la que le alargamos nuestro pedido. Lo miró y nos indicó que entrásemos en otra estancia de la cocina para que cogiéramos de la nevera lo que quisiéramos beber. Su madre, una anciana gruesa vestida de negro riguroso sentada sobre un sillón, en la esquina opuesta a la ventana tras la que trabajaba su hija, nos indicó con el bastón dónde estaba la nevera. Utilizamos el abridor de botellas que encontramos sobre un pequeño mostrador, nos trasladamos hasta nuestra y esperamos la llamada de María que, desde su ventana, gritó “Paloma” con la autoridad de la madre que llama a sus hijos para cenar. Recogimos las viandas, nos deleitamos con ellas a la vista del paisaje de la bahía acariciada por la luz lánguida del atardecer, conversamos y gozamos de la dicha de estar juntos.

A la hora de marchar volvimos a la cocina para pedirle la cuenta a María. Nos lanzó una mirada severa que pronto se suavizó con una sonrisa cómplice que ya se había ganado Paloma cuando le dijo que éramos españoles; señalando el papel donde habíamos escrito nuestro pedido nos dijo que pusiéramos los precios de la pizarra, que añadiéramos lo que habíamos bebido y lo sumáramos. Así lo hicimos, dejamos el dinero al lado y nos despedimos entre “adioses” y “llasas”.

Marchamos deslumbrados por la naturalidad del lugar, por su sencillez despojada de convencionalismos, imposturas o etiquetas como las que normalmente utilizábamos en el mundo urbano y post-industrial del que procedíamos. Una sola persona llevaba desde la cocina todo un restaurante, en el que su mera presencia infundía una normalidad al hecho de cocinar y comer, que hacía superflua cualquier otra función de camarero, metre, cajero, pinche o barman. María era una mujer orquesta que sin más batuta que sus manos sacaba de aquellos utensilios de cocina los ritmos con los que nos vibró el paladar, sin más artificio que buenos productos, y las recetas que sin partitura había venido interpretando desde su infancia al son de los usos familiares. Fue una gran experiencia. Fue una gran lección.

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar