
Vimos una ventana de oportunidad en que el viento daba una leve tregua, y decidimos aprovecharla. Horas más tarde, llegábamos a Icaría después de una bella travesía que casi había borrado el recuerdo de nuestros desvelos, y que definitivamente los sepultaba bajo la impresión que nos produjo la belleza de esta isla, una de las joyas de las Espóradas orientales (ya habíamos visitado las occidentales en nuestro recorrido por Skyatos, Skopelos, Alonisos, Panagia y Skiros).
Entramos en un pequeño puerto presuntamente abandonado, aunque más cabe decirse que se sumía en un olvido generoso, al margen de las presiones del tiempo. Allí nos abarloamos y pasamos un par de días de tranquilidad, sin viento, paseando por las calles del pueblo de al lado, y haciendo alguna excursión a las aguas termales, apenas a una milla de distancia en dinghy. Estas aguas termales las encontramos en una cavidad de la roca, a modo de cueva, en cuyo interior se reunían bañistas para solazarse al calor de los borbotones despedidos desde el fondo marino. Es un fenómeno curioso, que no deja de sorprender, como una revelación arcana que instaura la duda de si la tierra está viva; desde luego está activa, y ello me hacía pensar en la inercia a tomar la “actividad” como una cualidad de la vida; y lo es, pero no en exclusiva.

La salida de Icaría la hacíamos ya aliados con los vientos del norte de los que disfrutamos según avanzábamos hacia las islas del sur. La primera, Patmos. No esperábamos mucho más de lo que suelen ofrecer las pequeñas poblaciones típicas de las islas griegas, que no es poco, ni mucho menos; pero lo que nos encontramos en Patmos sobrepasaba, como mucho, las expectativas.

El pueblo en torno al puerto, pequeñito, blanco, cercano y de tamaño humano, encajaba bien en lo esperado, pero el casco antiguo coronando la cima de la colina a su vera, era mucho más de lo que habíamos visto hasta el momento. El ascenso podía hacerse caminando, pero preferimos alquilar unas motos y disponer así de mas tiempo para recorrer la maravilla que nos esperaba.

El centro histórico de Patmos es un laberinto de calles diminutas, anchas como para tocar las casas de ambos lados sin necesidad siquiera de estirar plenamente los brazos, con suelo irregular, desplegadas con la espontaneidad con la que crecen las enredaderas, todo alrededor de la cumbre desde la que la vista puede extenderse hasta el éxtasis ante el espectacular paisaje de la bahía y el puerto al pie de la ladera. En sus afueras se encuentra la misteriosa cueva donde un día concibiera San Juan Evangelista sus textos.
Sobrecogidos por el espectáculo, recorrimos los recovecos de esta urbe declarada patrimonio cultural de la Humanidad, como sonámbulos que renuncian al derecho a elegir un destino determinado porque todos valen la pena, y supimos que, en adelante, ésta sería una referencia de belleza cuando en el futuro visitáramos otras poblaciones.

Continuamos nuestro avance hacia el sur. Pasamos por Leros y Kalymnos, siempre en brazos de un viento cuya intensidad pasaba desapercibida por viajar con nosotros en la misma dirección. Finalmente llegamos a Kos, entramos en su puerto del extremo oriental por la angosta y muy vistosa entrada entre torres y murallas de otro tiempo, hasta encontrar sujeción a su muelle de levante, con ancla por proa, amarras a popa e indiferencia del mundo por dónde, cómo o por qué nos pusiéramos donde fuera.
Luego, en el centro de la pintoresca ciudad, hicimos el plan de caminar el día siguiente hasta el “asklepeion”, tal cual se hiciera en los días de su resplandor. Este emplazamiento que otrora fuese un templo hasta donde se trasladaban los enfermos para rogar por su curación, también concentró a sanadores y curanderos, que entre la superstición y la protociencia de la época procuraban remedios y alivios. Entre ellos, el gran Hipócrates, cuya presencia en la isla la ha teñido toda de un halo de interés turístico que, veinticinco siglos más tarde bautiza a locales, tiendas y restaurantes, produciendo un eco sostenido, aunque sea por causas bien distintas de las que han hecho reverberar su nombre a lo largo de la historia.
El día siguiente fue triste: David regresaba a Madrid. Habíamos alquilado un coche que nos llevara al aeropuerto en el lado opuesto de la isla. El trayecto lo hicimos en mitad de un silencio pegajoso que no se nos separaba del cuerpo por más intentos que hiciéramos por desprendernos de él. La despedida, pretendida de normalidad, dejó una carencia, como cuando se amputa un miembro. De regreso, el miembro seguía picando igual que cuando estaba ahí.

A mitad de camino nos desviamos para visitar los restos de Paleopili. La herida seguía palpitando, aunque hubo momentos en que parecía acallada por lo impresionante de las ruinas de lo que un día fuera un bastión defensivo incomparable. En el pliegue formado por dos laderas de montaña rocosa, en mitad de una frondosa arboleda de pináceas, se extienden los restos de piedra de aquella población que vivía al abrigo de la fortaleza erigida en los más alto de uno de los promontorios, rodeada de muralla, con torretas y troneras orientadas al maravilloso paisaje del valle que termina en el mar. Las casas de piedra entre los árboles recordaban el poblado de los Ewok en una de las partes de la Guerra de las Galaxias. Caminamos por las ruinas con la mente aún en el miembro amputado y en cuánto habría disfrutado de esta excursión si el tiempo, los anhelos, los proyectos, las ambiciones, en definitiva, la vida, lo hubiesen permitido. Manu aún continuaba con nosotros.


























Me siguen maravillando vuestro relatos y vuestras reflexiones. No hay duda que sois de carne y hueso, que tenéis corazón y vuestros hijos deben de teneros en lo más alto. Seguir así, amigos…
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Gracias por tu comentario amigo. Seguimos la estela de otros que os aventurasteis primero. Abrazo
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