Las Espóradas Occidentales. Eternamente inacabados…

Aprender y vivir son dos sinónimos interesantes. Cualquiera de ellos es imposible sin el otro, y ambos se implican mutuamente. Vivir es un aprendizaje constante; solo se aprende viviendo. A veces tomando lecciones conscientemente, otras con pequeñas dosis tan integradas en la existencia que nos pasan desapercibidas. Por eso, cuando pasa el tiempo se tiene la sensación de no ser la misma persona de años atrás, y pese a ello, no se es capaz de identificar qué es lo que ha cambiado. Ese cúmulo de “micro-aprendizajes” que se suceden continuamente en el devenir de la vida, nos va convirtiendo en lo que somos, y de ahí que seamos seres inacabados hasta el final de nuestros días.

Creo que la postura más sabia es la de rodearse de personas que sepan más que uno. Esta posición puede no ser la más placentera para el ego, o para el orgullo; sin embargo, me parece la más inteligente para garantizarse un crecimiento constante y rico.

Viajar es una fuente inagotable de maestros, a poco que uno tenga la mente abierta a los otros. Habíamos conocido a Ramón y su familia en Kalkis cuando nos esperaba con su amplia sonrisa al pie del muelle para cogernos las amarras antes de pasar por el puente. Al oírnos hablar español, entablamos conversación enseguida, y conocimos a su familia con la que viajaba en un charter de dos semanas por las islas griegas. Navarros, muy navarros, enseguida compartieron una copa de vino, un ratito de charla, y una mano tendida para lo que necesitáramos. “Si es necesario” decía “cruzo mi barco en mitad del canal hasta que llegue el Alendoy y pase con nosotros…”. Su mujer, profesora de canto en el conservatorio, había enseñado a cantar a sus dos hijas, aún adolescentes, y tripulantes del Elisaveth.

Ramón iba rápido para aprovechar las dos semanas de alquiler del barco, así que siguió su rumbo a otro ritmo distinto al nuestro, pero mantuvimos el contacto porque era una fuente constante de información. Todos los días nos iba dando novedades sobre atraques y fondeos, visitas y restaurantes, paisajes y pueblos que no nos debíamos perder.

Nosotros subimos con viento y mar en contra por el amplio canal que separa la península Ática de la isla de Evia, hasta llegar a su extremo norte. La intensa vegetación de la isla nos procuraba aire fresco, y su amplia extensión, si bien desconcertaba al viento haciéndolo aparecer por donde menos se esperaba, nos protegía de las olas que levanta el meltemi. En algún momento llegamos a tener pequeñas olas procedentes de hasta tres direcciones distintas, levantadas por vientos que de repente las provocaban y cambiaban rápidamente a otra componente. Pese a todo, el paisaje era una belleza, tanto más cuanto más ascendíamos hacia el norte. Justo allí, en la orilla continental, se encuentra el emplazamiento de la batalla de las Termópilas que, según supimos más tarde, inspiró la película 300.

Según avanzábamos ya por el lado norte de la isla de Evia, nuestro amigo José Luis Bellido nos mandó un mensaje al ver por dónde navegábamos: “¿Iréis a Volos, verdad? Allí podéis dejar el barco y alquilar un coche para llegar a Meteora y visitar los monasterios. No lo olvidaréis en la vida…”. Según leíamos el mensaje, la entrada a la enorme bahía de Pagasitikos se abría a nuestro babor. Paloma y yo nos miramos:

  • ¿Qué hacemos…?
  • Supone hacer unas 40 millas más entre ida y vuelta…
  • ¿Entonces…?
  • No hemos venido a Grecia para dejar de ver sitios como ese…

Según virábamos el timón, Paloma ya estaba leyendo sobre el lugar que nos disponíamos a visitar. Ser patrimonio cultural de la Humanidad, prometía.

Llegamos a Volos. Apóstulos, un amigo de José Luis, nos había organizado un atraque para dejar el Alendoy durante el nuestro viaje a Meteora. Alquilamos un coche, tomamos un aperitivo con “mezze” y nos fuimos a descansar para el día siguiente.

El recorrido de algo más de una hora a lo largo de una extensa llanura, se daba de bruces contra una tajante interrupción vertical, rocosa, imponente, dotada de ese absolutismo de la naturaleza cuando se expresa al margen de los hombres. Pero éstos, también, a su manera, son implacables. En Meteora, se concentran bellísimas formaciones rocosas que se elevan desde el suelo como gigantescas columnas de piedra en cuyas cimas los hombres quisieron acercarse a dios. Empezaron viviendo en cuevas; a partir de ellas, fueron construyendo pequeños añadidos para distinguir su espacio vital del de oración; y finalmente, a medida que más frailes devotos se fueron sumando, levantaron monasterios inverosímiles en lugares que bien podrían considerarse “la cima del mundo”. Dichos monasterios, perfectamente cuidados, albergan hoy a comunidades de frailes ortodoxos ataviados con sus sotanas negras, barbas desmesuradas y mitras de otro tiempo. En conjunto parece una forma de vida extemporánea, al margen del mundo que en 2021 profundiza en el conocimiento de la vida, del universo y de la materia. Los suministros les llegan por un rudimentario ascensor exterior; están rodeados por el silencio y la luz; el tiempo lo vertebra la oración; la vida parece tener un sentido mítico; era como haber viajado en el tiempo hasta una época que hoy se estudia en los libros de historia. El lugar era un portento por el espectáculo visual que ofrecía; pero su significado era aún más impresionante por lo revelador de una naturaleza, la humana, capaz de transformarlo todo para adecuarlo a los delirios de su propia imaginación.

Este paréntesis en la ruta prevista profundizó nuestra sensación de libertad. Así que, fieles a la misma, continuamos nuestro recorrido hasta la primera de las islas del archipiélago de las Espóradas occidentales: Skiatos. Se trata de una isla pequeña, al oeste del archipiélago, con un bonito puerto para una ciudad que alguna vez debió de tener ese encanto de las cosas auténticas, pero que hoy le ha arrebatado el tsunami del turismo reemplazando cosas que fueron por otras que simulan ser lo que fueron, pero que ya no son.

Al día siguiente salimos hacia Skopelos. ¡Qué isla! Todo vegetación, árboles por todas partes, verde por doquier en las laderas empinadas que ascienden a uno y otro lado. Atracamos en un pequeño puerto del lado sur y alquilamos una moto para ir a la ciudad que da (o toma) el nombre de la isla, donde habíamos quedado con Ramón y su familia para cenar, ya que ellos habían preferido protegerse al amparo de su puerto, al norte.

Pertrechados con los cascos, salimos a la carretera sobre un scooter que se comportaba con más brío del que le había supuesto a sus 125 cc.

Guiados por las indicaciones del navegador tomamos una carretera que inmediatamente dejó de serlo, y así continuó en una sucesión de transformaciones que la iban convirtiendo en camino de tierra, torrentera, sendero, vereda, hasta vernos en lo que aparentaba el cauce de un río pluvial seco por el que avanzábamos entre piedras, grietas, oquedades y todo tipo de caprichos orográficos que la erosión había ido tallando a base de tiempo. La ruta ascendía hasta lo más alto de la isla; luego, ya al otro lado, bajaba hasta lo que sentimos como un abismo a medida que las condiciones del terreno se tornaban cada vez menos aptas para un vehículo rodado.

El paisaje era fascinante, aunque la conducción no dejaba muchas oportunidades de contemplarlo. La situación empeoraba, especialmente porque temíamos llegar a un punto a partir del cual ya no pudiésemos avanzar y tuviésemos que deshacer un camino que nos parecía imposible desandar. Pasamos miedo. Pero al mismo tiempo, fue fascinante. En algún momento tuvimos la tentación de deshacer el camino antes de meternos en una trampa sin salida, pero el avance resultaba embriagador. Finalmente desembocamos en una carretera asfaltada que nos condujo directamente al lado más alto de la ciudad que se descolgaba hasta la orilla de la bahía que acoge el puerto de Skopelos.

Esta es una de las poblaciones más bonitas, pintorescas y auténticamente griegas de cuantas habíamos visto hasta entonces. Las calles estrechas, exclusivamente peatonales, se cruzaban laberínticamente jalonadas por fachadas blancas, cuyo resplandor contrastaba drásticamente con el añil, morado o azul turquesa de puertas y ventanas. En la entrada a algunas viviendas alguien se sentaba para tomar el fresco de la caída de la tarde, o se reunía sin premeditación con otros vecinos que, en su mismo afán de solazarse a la puesta del sol, compartían un mismo espacio urbano, tan próximo al íntimo, que apenas se diferencian, porque la calle, por su tamaño y su propia concepción, es también parte de la casa.

Así desembocamos en el puerto donde nos esperaba Ramón. Con él y su familia desanduvimos el camino por una ruta diferente hasta llegar al restaurante, en lo más alto del pueblo, donde con vistas al mar, acariciados por la brisa, embriagados por el paisaje, gozamos secretamente de sentirnos inexplicablemente afortunados de estar allí, de estar así. Poco más tarde empezó a sonar la música de un grupo griego local, y la escena parecía cobrar tintes cinematográficos. Resultó inolvidable. Por motivos distintos, también lo fue el regreso al puerto, de noche, en moto, por una carrera serpenteante, estrecha y sin iluminación que parecía no tener fin.

Al día siguiente volvimos a atravesar la isla para visitar la pequeña ermita de Agios Ioannis en el lado norte. El recorrido valía la pena en sí mismo; la llegada a destino resultó impresionante. Sobre el punto más alto de un islote unido a la isla por un mínimo istmo, se elevaba la diminuta construcción que en su día construyeron para orar a dios. A un lado y otro del islote se extendía una costa caprichosamente rocosa contra la que las olas detenían su recorrido hacia el sur. Arriba, la ermita parecía un destino inalcanzable, hasta que, en la ladera del islote se vislumbraba la escalera, estrecha y vertical, que le daba acceso en un ascenso angosto y vertiginoso. El conjunto resultaba de tal belleza que también resultó entre los elegidos para rodar escenas de Mamma mía.

Habíamos quedado allí con nuestros amigos navarros. Llegaron arriba cuando nosotros ya nos habíamos saciado de paisajes, detalles, luces y formas como solo las da la unión de las fuerzas de la naturaleza con las ambiciones de los hombres. Bajo un árbol retorcido por el tiempo, descubrimos centenares de pulseras, anillos, cintas y todo tipo de reliquias que otros visitantes habían depositado en las oquedades de sus ramas, o en sus salientes, hojas y tallos, con la ingenua convicción de que así les llegaría el amor.

Ramón, poco después de haber visto el escenario y haberlo fotografiado a su gusto, abrió su mochila y, fiel a sus orígenes, sacó un trozo de queso y otras viandas “para recobrar el aliento”. Poco después descendimos hasta el istmo. Allí contemplamos una vez más el maravilloso escenario. Entonces, Ramón dijo a sus hijas “chicas ¿por qué no os cantáis algo…?”. La reacción fue la que cabía esperar de un par de adolescentes impelidas por su padre a cantar a capela ante desconocidos, sin ensayos ni preparativos. Pero cedieron. Sus voces, limpias, jóvenes, educadas para el canto, dotadas del encanto de lo espontáneo, sobre el entorno incomparable donde nos encontrábamos, nos parecieron verdaderamente divinas. La escena que estábamos viviendo era sencillamente increíble, inundando nuestra capacidad de percibir belleza por tantos frentes como era posible. Un instante inolvidable. Así, y allí nos despedimos de ellos, sin atrevernos mucho a reconocer que les habíamos cogido cariño en un espacio mínimo de tiempo, pero incapaces de resistir una evidencia que nos palpitaba por los poros.

Continuamos nuestro avance hacia el norte por las Espóradas occidentales, primero a Alónisos, luego a Panagias y finalmente a Skiros. En Panagias entramos a la bahía con forma de corazón invertido donde sólo es posible acceder cuando las condiciones son muy favorables, ya que la abertura separa ambos lados de la entra por tan solo unos metros y con una profundidad de menos de cinco.

Más tarde, y ya fuera de la “ratonera” que suponía dicha bahía, nos fondeamos al sur desde donde emprendimos un camino a pie de más de una hora por una estrecha senda que llevaba hasta el monasterio, al otro lado, donde vivían sólo dos monjes ortodoxos.

Sabíamos que la comunidad de religiosos era exigua, y por eso esperábamos una construcción más pequeña que la que encontramos. El camino hasta allí era precioso, pero tortuoso y extenuante, con subidas muy pronunciadas a través de un campo de intensa vegetación y abundantes cabras, solamente transitado por la senda que seguíamos y que temíamos no ser capaces de encontrar si cuando regresáramos se nos echaba la noche encima.

En el monasterio nos recibió uno de los sacerdotes; nada más vernos, tras un saludo más formal que otra cosa, se ausentó unos instantes para traernos, inesperadamente, dos vasitos de un delicioso licor elaborado por ellos, y dos pequeños pastelitos, también caseros, que acompañaran el trago. Y así, en el silencio de quienes se aíslan para acercarse a dios, entre las paredes de un armonioso monasterio en mitad del Egeo, disfrutamos de un ratito de descanso antes de emprender el regreso. Justo antes de partir, llegaron algunos suministros para la casa de los religiosos, y lo hacían a lomos de burros que habían recorrido el mismo camino que nos esperaba.

Skiros, la más alejada del archipiélago, se encontraba a mitad de nuestro camino hacia Lavrio. Allí habíamos de hacer alguna reparación y preparar el barco y los corazones para la llegada de nuestros hijos. Las reparaciones al final se centraron en el desmontaje de un eje de la botavara que nos costó esfuerzo, sudor y ayuda de unos herreros locales con quienes nos entendíamos entre señas y el apoyo de algún conocido de ellos que chapurreaba inglés. Su taller, con más aspecto de chatarrería que de lugar de reparaciones, era como para hacer una serie de televisión. En cada esquina se amontonaban piezas, tornillos, herramientas de todo tipo y época, vestigios de arreglos que nunca se terminaron, o que se concluyeron con piezas nuevas sin que las viejas perdieran su lugar en este universo predominantemente metálico de dimensiones inabordables. De repente, entre semejante desorden, se vislumbraba una bolsa con judías blancas que debía llevar colgada de aquel clavo desde más atrás de lo que se pueda recordar; en otra esquina, una estampa descolorida y arrugada de un Cristo, lucía bajo la luz vergonzante de una desnuda bombilla de otra época; muchas partes del suelo no eran visibles bajo el manto de cacharros, restos, virutas metálicas, tornillería malograda y un sinfín de objetos entre los que inesperadamente emergía una cazadora rancia y sucia, y yo me preguntaba ¿dónde estará el cadáver…? Los dos hermanos que regentaban el taller nos solucionaron el problema. El mayor, inestable sobre sus piernas por una gordura oronda, con bigote blanqueado por la edad y amarilleado por el tabaco, parecía llevar la voz cantante. El otro, menor, se encargaba de los trabajos de más detalle con el uso de instrumental más preciso. Uno nos fabricó la herramienta que necesitábamos; el otro nos desmontó el motor donde se instalaba el eje atascado por los años. Juntos lo limpiaron con una lata de gasolina, mientras con los labios sujetaban el cigarrillo encendido de la cadena nicotínica de la jornada. Nos cobraron bien, sin ni siquiera entrar en la oficina donde dos yacijas, sucias hasta la saciedad, debían procurarles el descanso.

El día anterior a la llegada de nuestros hijos preparamos el barco. Lo hicimos con la ilusión de quien abre las ventanas para que entre la luz de una mañana de primavera. Y como la luz les esperábamos, después de tanto tiempo sin verlos. El día de su llegada, alquilamos un coche para ir al aeropuerto, pero como el vuelo no llegaba hasta la tarde, decidimos dedicar la mañana a visitar el templo de Poseidón en el cabo Sunion. Y entonces sonó el teléfono. Borja. Borja Polo. Un amigo de Torrevieja, fichado como tripulante para hacer el traslado de un barco desde Grecia a España, se encontraba en la misma ciudad y en el mismo día que nosotros. Apenas media hora más tarde, él y sus dos amigos (el otro tripulante, Alberto, y el capitán del traslado, Sebastián) estaban sentados en el asiento trasero de nuestro coche dispuestos a compartir con nosotros la visita a Sunion.

Pasamos un buen día, pero ya nuestras voluntades estaban en otro lugar y en otro tiempo, en el que nos encontrábamos con los chicos.

Habíamos pasado por Ikea de camino al aeropuerto, pero ni las compras nos arrancaron del lugar donde estaban nuestras mentes. Así que nos encaminamos a la sala de espera en la terminal de llegadas. Allí les esperamos, nos impacientamos y nos tranquilizamos una y otra vez, hasta que les vimos salir. Bastó un abrazo para procurarnos esa bocanada de cariño sin la que empezábamos a asfixiarnos. Y respiramos. Inhalamos los besos, las caricias, las miradas, todas esas formas de expresar algo que no puede expresarse y que tampoco hace falta, porque las células saben que esa piel con la que se entra en contacto en el abrazo es distinta a todas las demás que existen, han existido y jamás existirán en el mundo.

En ese momento nos invadió una sensación especial: la del peso del tiempo transcurrido desde que embarcamos. Un peso provocado por tantas cosas como habían ocurrido desde entonces: experiencias nuevas, lugares distintos, personas inolvidables, gozos, miedos, preocupaciones y sosiegos componían un mosaico que ahora se nos mostraba con más claridad que nunca. Habíamos vivido mucho, esto es, habíamos aprendido mucho.

Había terminado una fase de nuestra vida a bordo, o quizá solo se interrumpía, y empezaba la siguiente, esta vez dedicada a nuestra familia, nuestros hijos (qué pena que sólo vinieron dos, David y Manu), a los instantes cotidianos en los que el tiempo transcurre indiferente a todo, con los minutos trenzados entre sí con hilos de amor. Ellos solo habrían de estar unas semanas con nosotros, pero sabíamos que serían semanas especiales. Las más especiales, sin duda, desde que salimos de España.

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