Khalkis. Entre la riqueza y la libertad

Conocimos a Pilar la segunda noche que entrábamos en el puerto de Khalkis cuando nos cogió las amarras para sujetarnos al pantalán. Habíamos salido de allí mismo un par de horas antes con la intención de pasar el famoso puente que une la isla de Evia con la península Ática, pero problemas técnicos en el sistema de apertura obligó a los tres o cuatro barcos que esperábamos a cada lado, a buscar algún abrigo en el que pasar la noche y volver a intentar el paso al día siguiente.

Habíamos llegado Khalkis con las pulsaciones aún intensas que habían dejado en nuestras retinas las noches anteriores en Megalonisos y Nimporeio. Allí habíamos pernoctado cubiertos por una dulce soledad, rodeados de belleza, abrazados a ese tipo de silencio que sólo se encuentra en la armonía. En Megalonisos un arco de piedra enmarcó nuestra intimidad al susurro de un leve oleaje que nos acariciaba y nos hacía sentir parte natural de un espacio singular.

Desde el sur agreste de la isla de Evia, avanzamos por el lado oeste a lo largo del canal que la separa del continente, y llegamos a ese incomprensible estrechamiento natural que apenas deja unos metros entre cada orilla y por el que han de pasar las embarcaciones en clara contienda con una corriente extraordinaria. Este estrechamiento ha estado siempre sometido a las ambiciones humanas que han querido aprovechar el abrigo de los fuertes vientos del norte que proporciona la gran isla, y también a sus obsesiones por controlar quién pasa cuándo, y obtener un lucro por ello. Allí las fuerzas de la naturaleza se expresan con vigor mediante esas corrientes que remueven las aguas con turbulencias impresionantes, a velocidades de río revuelto, con formas y movimientos capaces de hipnotizar al observador con tanto misterio como lo hacen las llamas del fuego, o el tránsito de las nubes. Se dice que Aristóteles quedó tan impresionado al ver el extraordinario comportamiento del agua, que se tiró en un intento de comprender el fenómeno. Algunos aseguran que fue el suicidio involuntario que terminó con la vida del pensador, aunque no parece haber ninguna evidencia de que fuera así, pero la historia perdura, seguramente por aquello de no dejar que la realidad estropee un buen relato.

Ya con las amarras sujetas al pantalán nos presentamos a Pilar en una breve conversación que, aunque se acomodaba plácidamente en el regazo del nuestro idioma, no duró mucho dada la hora, y postpusimos para darle al día siguiente el espacio y el tiempo que merecía.

Nos levantamos con ganas de aprovechar el día, averiguar algo sobre la reparación del puente que, como durante el día está permanente dedicado al intenso tráfico rodado, sólo se abre durante la noche. Luego visitamos la fortaleza que la tarde anterior anduvimos buscando en un larguísimo paseo que terminó en las afueras de la ciudad, ante un irrelevante acueducto romano (Segovia es mucha Segovia…), hicimos compra (otra caminata hasta Lidl) y disfrutamos de sus calles comerciales junto al ancho muelle a orillas del estrecho mar que acotan las dos orillas del canal.

Llegada la tarde, invitamos a Pilar a bordo. Esta mujer de setenta años llevaba más de veinte años viviendo en un barco con su marido, Michelle, un francés que decía no hablar inglés, aunque terminamos sacándole más palabras de las que suele saber alguien que dice no conocer un idioma. Juntos habían navegado por todo el mundo, y aún continuaban embarcados, haciendo los planes para más viajes a destinos que aún no habían tocado. Nos cautivó la viveza de su conversación, la sencillez de su estar, la cercanía que propiciaba desde el primer momento y, muy especialmente, la afirmación que se nos quedó grabada, indudablemente de por vida, cuando con toda naturalidad nos dijo “…hace veinte años pudimos decidir entre morir ricos, o vivir libres, y elegimos la libertad…”, “…nunca me he arrepentido de mi decisión…”, “…si volviera a nacer, lo repetiría…”.

Llegada la noche, recibimos instrucciones de la autoridad del canal para pasar bajo el puente cuando abriera. En su primera comunicación nos dijeron que nos avisarían para decirnos la hora a la que habríamos de cruzarlo. Así que preparamos el barco y nos quedamos listos para recibir el aviso, en la confianza de que por muy poco tiempo que nos dieran, al menos contaríamos con quince o veinte minutos, tiempo suficiente para llegar desde nuestro atraque hasta el puente. Diez minutos más tarde nos volvieron a llamar:

  • Alendoy, proceed to pass the bridge.
  • When shall we pass the bridge?
  • Now.
  • Can you repeat, please?
  • Alendoy, pass the bridge NOW!

Largamos todas las amarras, arrancamos máquina, salimos a toda velocidad del atraque y aceleramos contra la corriente sorteando los barcos que había pasado en sentido contrario y que entraban apretados por la misma bocana por la que nosotros teníamos que salir para llegar a tiempo… y llegamos; por muy poco, pero llegamos. De hecho, fuimos el último barco en pasar justo antes de que lo cerraran hasta la noche siguiente. El paso fue emocionante, entre las luces de ambos lados y bajo la atenta mirada en una multitud de curiosos que a esa hora se aglomeraban para ver el paso de los barcos que luchan contra las corrientes en el espacio más angosto de un canal de más de cien millas. Y al otro lado, las aguas gozaban de una calma total, como si un sortilegio hubiese atemperado sus ímpetus hasta dejar su superficie como espejo sereno sobre el que relucían las luces de la ciudad.

Atracamos con la ayuda de nuestros amigos “los navarros” y descansamos mientras digeríamos las emociones de dos días intensos; pronto habíamos de empezar a planear las millas que teníamos por delante. Pilar nos había ayudado a entender que también nosotros habíamos elegido la libertad.

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