
En menos de cuarenta y ocho horas había conversado con dos mujeres de más de ochenta años; las había llamado para interesarme por su salud, darles cariño, aunque sea telefónicamente, y que supieran de mí. A pesar de que no se conocían entre ellas, me hicieron el mismo comentario cuando les conté que estábamos viviendo en un barco: “aprovecha todo lo que puedas; la vida pasa muy rápido”. Tanto Josefina (“chivorrilla”) como Araceli (la “comae”) son andaluzas, iletradas, viudas y me conocen desde que nací. Su mensaje no me desvelaba nada de lo que no estuviera profundamente convencido, pero el hecho de proceder de ellas, dadas las circunstancias de cada una, le otorga un significado mucho más profundo, como si su aval convirtiera lo que a priori no sería más que una hipótesis, en una verdad corroborada con sus vidas.

Con ese espíritu de “aprovechar” que interpreto como “exprimir”, avanzamos por el Sarónico hasta la isla de Aigina. Su ubicación cerca de Atenas, la convierte en un destino turístico de primer orden, haciendo que un rosario interminable de ferries arribe y zarpe de su muelle en un trasiego constante. Años antes, cuando recorríamos las mismas aguas en un barco de alquiler, me recomendaron ni siquiera intentar la entrada en el puerto. Los barcos se amontonan, me dijeron, en varias filas, sujetas las popas de unos a las proas de quienes llegaron antes, imponiendo un recorrido por cubiertas diversas a quien se proponga bajar a tierra, y creando un verdadero caos cada vez que alguien pretende salir del puerto.

Pero eso fue, como digo, años atrás, cuando los efectos del Covid19 aún ni se concebían (cuando sucedió tampoco se los concebía). El recién terminado confinamiento había dejado el tránsito de barcos de alquiler más que mermado, lo que sumado a unos ferries con escasa ocupación, devolvía algunos de los más bellos y pintorescos destinos de Grecia que normalmente rebosan de turistas, a aquello que en su día fueron y que había quedado olvidado tras los andamios de la industria del turismo que los había convertido en decorados para la foto. Así, no sólo entramos en el puerto de Aigina, sino que elegimos sitio donde atracar en un largo muelle con apenas algunos barcos. Lo hicimos al lado de un velero pequeñito, antiguo, de casco azul, cuyo patrón, marcado por las señales del tiempo, descendió lentamente al muelle para cogernos las amarras y ayudarnos en el atraque. Era un anciano encantador que viajaba con su no menos anciana esposa, al paso que el viento, el tiempo, y las ganas le iban dictando. Una tarde nos recitó henchido de orgullo los nombres de las provincias españolas que había aprendido décadas antes, en su etapa escolar. Su vecindad nos resultó entrañable en los pocos días que compartimos espacio en el puerto del bellísimo pueblo de Aigina.

A los pocos días volvimos a salir hacia el cabo Sunion. Nos acercamos a él con viento favorable y buen tiempo, y la esbelta silueta del templo que lo encumbra majestuosamente, se nos mostró desde lo alto como si bendijera nuestro paso hacia el Egeo. Hicimos noche en la cala de Pountazeza para salir al día siguiente hacia la isla de Kea. Como no teníamos grandes ambiciones respecto a esta isla, la dejamos también un día después de haber llegado. Teníamos el plan de avanzar hacia el este hasta las Cícladas y navegar por su aguas mientras el meltemi lo permitiera. Pero no lo permitió.
El meltemi es el nombre turco con el que se han popularizado los fuertes vientos de componente norte que caracterizan los veranos griegos en el Egeo. Nuestro primer encuentro con este viento fue mientras avanzábamos hacia Andros, atravesando el canal de Kafirea, donde las corrientes del norte se encajonan entre esta isla y la de Evoia para provocar fuertes corrientes hacia el sur. Así, a duras penas alcanzamos el pueblo de Batsí.

La primera noche la pasamos fondeados; la segunda, entramos en su diminuto puerto, rodeado de terrazas y tabernas, también apenas habitadas por los efectos del confinamiento, y nos abarloamos al muelle en previsión de un meltemi que prometía arreciar en los próximos días. Y vaya si arreció. Pasmos ocho días con vientos de entre treinta y cuarenta nudos, y ráfagas que llegaron a alcanzar los cincuenta y tres. Fueron unos días densos de viento intenso, constante, inmisericorde, que imponía su superioridad sin dejar lugar a la menor duda de que no hay fuerzas como las de la naturaleza. Uno se sentía pequeño ante semejante despliegue de potencia, frente al que lo humano no alcanza ni la categoría de anécdota. Dispusimos de todas las defensas que teníamos, más otras que compramos en previsión de que el viento castigara al Alendoy contra el muelle. Habíamos largado un ancla por barlovento, y amarras con amortiguadores por proa, además de largos y esprines por la popa con la intención de dejar el barco lo más seguro posible. Y aguantamos.
Previamente, a sabiendas de que en los días de meltemi no sería aconsejable alejarse del Alendoy, habíamos viajado por la isla en un coche alquilado. Así descubrimos la ciudad que da nombre a la isla, Andros, en el lado este, y quedamos boquiabiertos. Sus calles definidas por casas blancas, típicas, señoriales, penetraban en el mar a lomos de un entrante de tierra que culmina en los restos de una fortaleza, y más allá, como un rocoso punto suspensivo, un faro sobre un peño vertical. A ambos lados de esta loma urbana se vierten callecitas resplandecientes bajo la luz del sol mediterráneo que ha iluminado tanto paisajes como mentes, que ha inspirado ambiciones e ideales hasta donde la memoria -o la Historia- hace posible recordar.
Desde el pueblo de Andros avanzamos al norte, aún en coche, por la carretera montañosa flanqueada por paisajes donde el mar bien aparecía por la derecha o por la izquierda del camino, según las inverosímiles curvas se reviraban en uno u otro sentido. Fue un día precioso, emocionante, inolvidable. Y resultó ser importante porque de alguna forma nos arrancaba el estigma que había dejado en algún lugar de nuestro recuerdo, aquella vez que habíamos alquilado un coche, en el pueblo de Palau, al norte de Cerdeña.
El resto de días, hasta que el viento nos permitió volver a navegar, paramos a saludar a la mujer que nos había alquilado el coche. Su edad era avanzada como para no poder referirse a su juventud, pero no tanto como para considerarla anciana. Su distancia afectiva se derrumbó cuando supo que éramos españoles, y quedó plenamente diluida al desvelarle que de Madrid.

En el mismo muelle donde estábamos atracados, justo delante, estaba el Andrómeda, otro velero, en este caso de cincuenta pies, al mando de Nicholas que viajaba con su mujer, Débora. Salieron de su tierra natal, Reino Unido, hacía seis años, de los que tres los habían dedicado a Grecia. Los dos eran pro Brexit, anti Europa, defensores de una “anglosfera” en la que incluían, además de al Reino Unido e Irlanda, a Estados Unidos, Canadá, Australia y cualquier otro país heredero de la cultura que en su momento sembrara el imperio inglés. Estaban los dos jubilados, él del mundo del seguro donde fue alto directivo de varias compañías, y ella de la ong a la que había dedicado los últimos largos años de su vida profesional, y vivían a bordo de su barco, viajando lentamente, disfrutando lo más posible de su pasión por la historia, y de la libertad de la vida nómada.

Con ellos tuvimos varias largas e intensas conversaciones en las que se nos revelaron como dos personas entrañables, tremendamente “británicas”, con ideas muy consolidadas que nos proporcionaban una visión muy diferente de la nuestra y, precisamente por ello, tanto disfrutamos. Pero me quedé de ellos con el recuerdo de las miradas que se dedicaban mutuamente, y que me recordaban las de la pareja de ancianos que habíamos conocido en Aigina. Eran miradas de complicidad; no de la que inspira la pulsión física disparada por el sexo cuando está bajo la hegemonía de la juventud; era otra complicidad muy distinta, y que atribuyo a un amor que está por encima de cualquier otra consideración, que funde dos destinos individuales hasta convertirlos en una aleación afectivamente incapaz de retornar a otro ser que no sea el adquirido por efectos de la química convivencial. Creo que es el estadio en el que, pase lo que pase, se haga lo que se haga, quien lo experimenta termina su vida con la más intensa y profunda sensación de haberla aprovechado lo más posible, tal cual me recomendaron mis dos queridas, envejecidas, y sabias amigas.





