El paso entre dos mundos. Canal de Corinto

He mantenido reuniones de trabajo mientras caminaba por las ruinas de Butrinto en Albania, surcaba las aguas que fueron testigo de la cruenta batalla de Lepanto, o ascendía al monte Parnaso para visitar el templo de Apolo donde el oráculo de Delfos desvelaba el futuro mediante los vaticinios de la “pitia”. Y pienso en que la misma imaginación que hace dos mil quinientos años inspiraba a quienes creían ver en el oráculo la respuesta a sus desvelos por lo que pudiera traer el devenir, ha hecho posible avances tan extraordinarios como internet, por citar al que me permitía caminar con un pie en el pasado y el otro en el presente. Así descubrí cuánto hay en común entre aquellos hombres que guerreaban con sus armas físicas, y los que ahora esgrimen las suyas en las organizaciones, en los partidos, en las iglesias o en los clubes.

Aún con las imágenes de Kastos palpitantes en la retina, entramos en el canal de Mesolongi, ya en el golfo de Patras. Más de dos millas en línea recta, con la profundidad justa para nuestra quilla, flanqueada por los bajos de las marismas de uno y otro lado, ascendían en sentido norte entre pequeños embarcaderos de madera, casitas de pescadores, botes desvencijados, amarras abandonadas… El extremo norte terminaba en un amplio ensanchamiento que acogía el puerto y una gran bahía apta para el fondeo.

Llegamos con viento fuerte e hicimos un intento de cogernos al muelle por popa, sujetando la proa con el ancla. Complicado por el viento que nos quebraba la cabeza con roladas constantes presentándosenos a veces por delante y repentinamente de través. Finalmente lo conseguimos, pero no así nuestros amigos Cristiano y Valentina a quienes su ancla les jugó una mala pasada: con más de sesenta metros de cadena, garreó mientras hacían su aproximación al muelle, y lejos de sujetarles en el momento necesario, les dejó a merced de un viento que los acostó contra una esquina. Paloma, con su irrefrenable espíritu de comando, saltó inmediatamente del Alendoy para ayudarles, cosa que a mí me quedaba vedada, habida cuenta de las condiciones de viento (hubiera sido negligente dejar la nave solo con el ancla contra semejante vendaval). El resultado, positivo, llegó tras una tarde agotadora de esfuerzo y tensión para que Alterego no sufriera daños.

Este es el trazado que hizo Alterego tratando de atracar…

A la mañana siguiente salimos para adentrarnos en el golfo de Patras. La orografía no se corresponde con el nombre, ya que el golfo continúa hasta la ciudad de Corinto, muchas millas más allá, pero en Patras se encuentra el enorme puente colgante que une el lado norte del Peloponeso con el continente, y los hombres, tan dados a retorcer la realidad hasta creer que la han cambiado, determinaron que el puente separe el de Patras del de Corinto, garantizando que las dos grandes ciudades de la zona cuentan con sus respectivos golfos. El puente es impresionante. Se lo ve desde muy lejos, y su tamaño aumenta como si algún mecanismo mágico lo hiciera extenderse a uno y otro lado, a la vez que asciende en altura hasta poder engullir los enormes barcos que surcan ambos golfos.

Nos adentramos en la amplísima entrada de mar con viento favorable y terminamos en las costas de la diminuta isla de Trizonia. Pasamos una noche sujetos a un muelle de su puerto, cenamos espléndidamente en la terraza de una típica taberna griega cubierta por buganvillas, junto a un mínimo embarcadero del lado norte, y regresamos abordo como quien levita por efecto de algún brebaje mágico; y quizá fuese eso lo que nos sucedió, sustituyendo el brebaje por unas viandas deliciosas por su calidad y encantadoras por su sencillez.

El día siguiente avanzamos rápido también con el viento a favor. Llegamos a Galaxidi, en una garganta natural del lado norte del golfo donde unas pequeñas islas (alguna con su ermita), hacen de antesala a este puerto en la misma orilla del pueblo. Al enfilar la garganta, la silueta del pueblo se dibuja como una mancha blanca de casas entre las que sobresale una nota de color discordante: la catedral. ¡Qué sitio tan bonito! ¡Qué entrada tan interesante! Tendimos el ancla cerca de una orilla y avanzamos marcha atrás hasta la contraria; largamos amarras a un paisano impecablemente vestido de blanco (hasta las canas y su perro husky le hacían juego) que nos las sujetó a los noráis y nos saludó en español, pero del de España, sin acento ni nada. Después de tanto tiempo oyendo y mal hablando en idiomas que no son el nuestro, el sonido de una voz desconocida que pronunciaba palabras con el deje, la dicción y la cadencia del español, tuvo un efecto en nuestros oídos comparable al que el olor a pan de pueblo suele provocar en el olfato. Ramón era de Alicante, simpático, cordial. Le acompañaba una perra de largo pelo blanco, Kiria. No llegamos a saber mucho de él, más allá de que vivía en un estudio en un lugar elevado del pueblo desde donde veía el mar casi por todas partes. ¡Qué gente hay por el mundo…!

El día siguiente lo fue de excursión. Alquilamos un coche y nos fuimos con Cristiano y Valentina a visitar los restos del templo de Apolo en Delfos. Allí nos encontramos en un entorno totalmente distinto: en la falda de una enorme y escarpada montaña de roca, y frente a un valle profundo que se extendía hacia el horizonte plagado de olivos, se levantaban las ruinas de los templos que en su día quisieron rendir homenaje al gran dios. Y en efecto, el lugar era como para un dios. Nos rodeaba ese silencio que solo se da en la naturaleza, que no es una ausencia de sonido a base de interrumpir cualquier posibilidad de que este se dé, sino una quietud propia de lo que convive en armonía, sin perturbación, en coexistencia adaptada.

La luz mediterránea tenía la pátina casi imperceptible de la altura, que suavizaba sus efectos y reforzaba la sensación de equilibrio. Y a la luz y al silencio se le había aliado la temperatura regalándonos el día perfecto, con las condiciones perfectas en las que adentrarnos en un viaje en el tiempo que habría de llevarnos tres mil años atrás, cuando otros hombres y mujeres como nosotros, con las ambiciones de su tiempo como las nuestras lo son de este, con sus miedos, sus credos, sus pecados, sus sueños, se dirigían al gran templo de Apolo, bien para consultarle, bien para agradecerle. Y en sus esfuerzos por cualquiera de las dos cosas, dejaron un reguero de construcciones con las que sin saberlo se describían y definían a sí mismos.

El lugar es mágico, en el recorrido se sucedían varios templos, el teatro y un estadio; la emoción de pisar las mismas piedras que millones de personas de la antigüedad visitaron como hoy seguimos haciéndolo en Lourdes, la Meca o Varanasi, nos conectaba a ese tronco común del que cada uno no es más que un pequeño brote de existencia efímera, pero que en conjunto construye ramas, a veces fuertes, largas y duraderas, otras, transitorias, coyunturales. Tuvimos, además, la gran fortuna de visitar la que es una de las más grandes atracciones turísticas del mundo, solos, sin turistas que se agolparan en la esquina de turno para llevarse la foto con que inspirar muchos “likes” en su red social. Solos. En silencio. Inexplicablemente vinculados a un pasado que apenas sabemos entender, pero cuyos esfuerzos por crear belleza, nos conmueven. Dedicamos una preciosa mañana al sitio arqueológico y su impresionante museo, al que entramos con mascarillas improvisadas con gorros, fulares y mangas de jersey, por haber olvidado las de farmacia.

Amanecimos con viento bueno para la aleta del Alendoy. Enarbolamos la génova y avanzamos rápido hacia la ciudad de Corinto. Alterego ya había llegado cuando entramos en el puerto comercial, abrigados por un largo e insulso espigón que nos protegía del fuerte oleaje que se había ido levantando durante el día. Nos amarramos al muelle, pero no duramos mucho porque el fuerte viento de través castigaba mucho tanto la cadena del ancla como las amarras de popa; así que soltamos estas y nos quedamos al fondeo, con un viento que rujió con brío toda la noche.

Nos levantamos con el sol, hacia las 6:00; nos preparamos para zarpar y abrimos la comunicación con la autoridad de tráfico del Canal de Corinto, quienes nos fueron dando instrucciones de cómo y cuándo proceder para entrar por su boca. Las condiciones no eran buenas, y por ello la espera con viento y ola se hizo un tanto incómoda; pero la expectación por la aventura que suponía surcar un canal mítico, por el que ya transitaban los barcos remolcados por tierra antes de que se fracturara el istmo cuya herida uniría para siempre el Jónico y el Sarónico, era demasiado fuerte, y ni las condiciones podrían enturbiar un momento tan especial. Veíamos cómo la tierra engullía verdaderos gigantes del mar que constantemente enfilaban la entrada al canal como Alicia lo hiciera contra el espejo; y como para ella, que la maravilla más grande era el propio espejo, así para los descomunales cargueros, el milagro es el propio canal al que casi acarician las paredes con sus bordas a medida que avanzan por las tres millas que transitan desde su entrada.

Finalmente nos tocó el turno por delante de Alterego y siguiendo a un catamarán y otro monocasco; los cuatro seguíamos la estela de un enorme carguero que se movía inverosímilmente por una angostura de apariencia imposible para sus dimensiones. La primera milla es interesante; la segunda, indescriptible; la última, inolvidable. Íbamos lentamente a la velocidad que la autoridad del canal nos dictaba por la radio, a una distancia de las elevadísimas paredes que casi parecía que pudiésemos tocar con las manos. Al alzar la mirada, el cielo parecía un río intensamente azul flanqueado por dos orillas de piedra, una reluciente por el sol, otra oscurecida por la sombra; al bajarla, el agua del canal podría ser la imagen especular de ese río celeste, y se extendía hasta encontrarse con su reflejo en un nuevo mar: el Sarónico.

Llegamos a él con el corazón henchido de orgullo, todavía impresionados por la belleza del canal y por la magnitud de las obras humanas. Allí nos despedimos de Cristiano y Valentina que continuarían hacia el sur para llegar a Epidavros, mientras nosotros avanzábamos hacia la que en tiempos fue capital de Grecia: Aegina. Les habíamos conocido casi cuatro meses antes durante los cuales compartimos conversaciones, anécdotas, platos típicos, herramientas, consejos y alguna que otra juerga. Pero fue en el momento de la despedida cuando tomamos conciencia de que esta pareja no quedaría en nuestro patrimonio afectivo como unos conocidos más de los muchos que se hacen en esta vida nómada. Ya son nuestros amigos, estén donde estén, vayamos donde vayamos.

Mientras nos aproximábamos a Aigina, no dejaba de pensar en el Canal, y en que el logro que representa sobre la naturaleza tiene mucho en común con esos otros que a mí me permitían asistir a reuniones conectado a Internet con mi móvil: en ambos casos, alguien hizo el recorrido entre la imaginación, la posibilidad y la ejecución; unos imaginaron una brecha en la tierra que fracturara el istmo; otros, un mundo universalmente conectado, ubicuo, instantáneo. Me pregunto si en un futuro otras personas dotadas de soluciones que hoy no podemos imaginar, también se sobrecogerán ante lo que hoy estamos construyendo, o si por el contrario, seguirán siendo los antiguos quienes acaparen todo su asombro.

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