Recompensas y renuncias. Los últimos días en el Jónico

Toda gran recompensa conlleva alguna gran renuncia. Las renuncias tienen mala fama porque se las interpreta como fracasos: logros malogrados que no se los llegó a alcanzar. A mí me parece que, de no ser por ellas, las renuncias, los logros no habrían sido posibles, y es por ello por lo que las interpreto como los costes naturales de todo desafío, sin los cuáles éstos habrían sido implanteables.  

Aún con el corazón encogido por la salida de Mandraki, divisamos la silueta de Paxos y la ilusión del futuro nos dio dos intensos latidos en el pecho. Nada más abandonar el abrigo de Corfú, el viento del NW nos empujó hacia el nuevo destino despertando en nosotros el recuerdo de las olas, la pequeñez de la embarcación y la inmensidad de una naturaleza en la que el hombre no es medida.

Cada vez más cerca de Paxos, no conseguíamos ver la entrada a la bahía de Lakka, al norte. Rocas amenazantes por un oleaje creciente nos inspiraban la duda que reverbera en el interior cuando uno abandona un lugar: quizá debimos haber permanecido donde estábamos. Pero enseguida, casi a su entrada, la concavidad en la costa se hizo evidente por el drástico cambio de color del agua que, como por magia, transformaba el azul oscuro en un turquesa claro, transparente, radiante, en lo que interpretamos como una invitación de la naturaleza a adentrarnos en su entraña.

La hilera de casas al fondo de la bahía se iluminaba por las tardes en tonos ocre. El edificio de la escuela pública de este diminuto pueblo se elevaba en la misma orilla del mar, y yo me preguntaba cada día ¿cómo puede ser la vida de alguien cuya infancia transcurre en calles silenciosas por las que sólo transitan personas, que el trayecto a la escuela es siempre caminando, o jugando y corriendo, que en los recreos escolares los juegos cuentan con el mar como cómplice de la imaginación, que los árboles, la vegetación y sus frutos están en el paisaje y en la dieta hasta pasar desapercibidos…?

No pudimos encontrar mejor recalada para aliviar la congoja con que veníamos. También porque al día siguiente, el horizonte nos regalaba la imagen de dos siluetas: Wake y Gentilina, dos embarcaciones vecinas en Madraki, asomaban sus palos por la entrada de la bahía para pasar el resto del verano fondeados en aquel paraíso. El reencuentro fue dulce, como suelen serlo los reencuentros, y rápidamente la rutina apenas interrumpida por un día de separación, se restablecía con unas cervezas y buena música de fondo.

Quedarse en Lakka y su maravillosa bahía era más que tentador. Al su lado oeste, tras una loma que se extiende hasta el punto más septentrional de la isla, la roca exhibe formaciones increíbles moldeadas por el capricho de las olas en su quehacer impenitente y atemporal. La tranquilidad, la belleza, el devenir humano del tiempo… todo contribuía a quedarse. Pero pasados unos días, la llamada de la curiosidad, la pulsión nómada que quizá tengamos todos los humanos, pero que tal vez unos la padezcan con más virulencia que el resto, nos hizo levantar el ancla y movernos hacia el sur.

En la misma isla de Paxos, apenas unas millas más al sur, se encuentra la capital (en realidad, no más que un pequeño pueblo) de la isla: Gaios. Habíamos salido de Lakka casi convencidos de que sería difícil encontrar un lugar más atractivo, pero la entrada por el estrecho canal que conducía a Gaios inmediatamente nos sacó del error. Paloma y yo nos mirábamos como si no creyéramos lo que estábamos viendo. Un canal estrecho, con profundidad comprometida para el Alendoy, la orilla de Paxos a estribor y la de Nikolaos a babor conformando un fiordo con vegetación, pequeñas embarcaciones a ambos lados, construcciones típicas de la zona… todo constituía un conjunto extraordinario que además mejoró cuando doblamos una punta de la isla y nos encaminamos al muelle del pueblo. Allí largamos ancla por proa y amarras al muelle por popa ante la mirada entre indiferente y curiosa de las pocas personas que habitaban la pequeña terraza frente a nuestro atraque.

Aún con la sonrisa inexplicable de quien se siente reconciliado con la vida, premiado por ella, obsequiado por la existencia que le ha tocado, caminamos por las calles empedradas de este pueblecito, bendecido por su tamaño y su ubicación. Poco más tarde llegaron los amigos de Alter Ego, Cristiano y Valentina. Con ellos cenamos, compartimos planes de navegación y descubrimos que parte de nuestras rutas respectivas coincidían, así que decidimos compartirlas.

Salimos “en conserva” a la mañana siguiente rumbo a Lefkas. Su acceso por el norte es mediante un estrecho y largo canal entre salinas, cuyos antecedentes se remontan más de mil años atrás. La entrada al canal requiere pasar por un puente que, en realidad, no es tal. Se trata de un ferry grande cuya eslora coincide con la anchura del canal; cuando presta función de “puente”, se pone transversal al mismo con proa y popa cada una en una orilla distinta sobre las que desciende sus pasarelas para que los vehículos transiten por su interior en lo que parece un enorme aparato digestivo que se alimenta de vehículos. En horas determinadas, levanta las pasarelas, gira noventa grados y permite el paso en sentido norte o sur de otras embarcaciones. Al salir del canal continuamos nuestro avance hacia el sur hasta el pueblo de Nidri: un emplazamiento precioso donde se ha levantado una población artificial elevada para el turismo náutico de la zona. Ningún interés. Decidimos fondear, pasar un par de noches y avanzar hasta Kastos.

Habíamos navegado con viento favorable hacia esta pequeña isla. En el lado sur hay algunos fondeos propicios, pero hicimos el intento de entrar en su puerto diminuto. No lo conseguimos: el viento era intenso y racheado, el fondo insuficiente y parcamente registrado en la cartografía, el espacio mínimo… Demasiado comprometido. Media vuelta hasta la bahía de las avispas (Wasp bay) para largar el ancla en un entorno salvaje, bellísimo, solitario hasta la extenuación.

Kastos fue nuestra última recalada antes de poner rumbo a la bahía de Patras, antesala del golfo de Corinto. Las millas de este mar Jónico en el que llevamos más de cuatro meses dejaron un poso inolvidable. En su despliegue se labraron recuerdos indelebles con forma de momentos, paisajes, miradas y abrazos que cristalizaron en nosotros con la solidez del cuarzo. Hoy nos sentimos más grandes por dentro y más pequeños por fuera. Todo lo aprendido nos ha engrandecido el interior mientras la conciencia de la magnitud de cuanto nos rodea nos hace sentir insignificantes. Sería injusto no reconocer que, sin nuestras renuncias, estas recompensas habrían sido impensables.

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