El barrio de Mandraki

Víctor, Marie, Valnetina, Cristiano, Fabio, Paloma, Marco, Inés, Francis, Valerio y Fabio Portesan

Crecí en un barrio de los que en aquella época se consideraban típicos, no por su fuerza de atracción turística, sino porque acogía a esa clase “popular” de ciudadanos que daban carácter al Madrid de toda la vida. Mi calle se elevaba desde el Campillo del Mundo Nuevo hasta la plaza de Vara del Rey, y digo “se elevaba” porque la de Carlos Arniches era un ascenso pronunciado que desafiaba a los alientos más capaces cuando había que recorrerla hacia arriba. Estaba empedrada, lo que exageraba el ruido de los coches -todavía pocos entonces- cuando aceleraban para sacarle el mejor partido en el ascenso a la escasa potencia de aquellos motores. De una acera a la otra se podía alternar entre un verdadero crisol de gremios y personalidades: a la derecha de mi portal, Baldomero del Pozo (un nombre que siempre me pareció inverosímil), el cristalero que llevaba su negocio con sus dos hijos; un poco más abajo, la lechería de Clarita, a la sazón la vecina de la puerta de al lado a la mía, cuya presuntamente distinguida reputación como esposa de un inglés, funcionario de la embajada británica, se veía frecuentemente comprometida por episodios oscuros con otros vecinos de los que los niños apenas recibíamos un eco apagado. Recuerdo más abajo la tienda de libros de Vitorio; no supe de su homosexualidad hasta bien entrada mi adolescencia, pero que siempre le reconocí un aspecto inexplicablemente extraño que lo diferenciaba en algo más allá de mi comprensión, del resto de hombres que yo conocía. Luego la farmacia y al final la tienda de Curro; vendía retales y ropa de saldo en un espacio que no podía catalogarse como “tienda” conforme a ningún criterio, ni siquiera los de la época; sus hijas iban a mi colegio: Yolanda, la mayor que siempre me resultó hostil y altiva hasta más allá de sus posibilidades; la siguiente, Lili, era mi favorita por la dulzura que encontraba en su frecuente sonrisa; y Maribel, la más pequeña, fría y distante, hasta lo inconsecuente.

La acera de enfrente no era menos florida. Recuerdo en ella la lechería y tienda de ultramarinos de Vitoriano, feo hasta donde pueda imaginarse, tras los cristales incomprensiblemente gruesos de sus gafas, muy musculado y con voz estridente; a su lado, su hermano parecía casi normal, pero nunca sentí el impulso infantil hacia la mofa, no sé si por el respeto reverencial que entonces se le profesaba a los adultos, por temor a la notable musculatura de aquel cuerpo más bien pequeño, o por la indiferencia que me inspiraba alguien con quien sentía, sin saberlo, que no tenía más conexión que la de coger las cajas de leche Clesa con doce pesadas botellas de cristal que frecuentemente subía a casa por las escaleras de una finca sin ascensor. Mas arriba, la Paca y Alfredo, los fumistas; un matrimonio que nunca comprendí porque en mi inocencia tenía asumido que las parejas se unían en virtud de algún tipo de similitud o proximidad que los acercaba hasta que se formalizaban como familia; pero en ella siempre vi una vileza de la que recelaba, y que no encajaba con la desbordante bondad de su marido, un alma cálida, cercana, que rebosaba serenidad y me reconfortaba como deben de hacerlo algunas personas a sus mascotas más fieles.

Podría continuar con aquel laberinto de caracteres sumando a Julián, el de la formica (y sintasol), la tienda de antigüedades de Román, con quien discutió mi padre por un hueco para aparcar, la señora Reyes, portera del portal de al lado, la tienda de gomaespuma, los famosos cerrajeros que vendían en un puesto en plena calle y que tanto me desagradaban sus voces como sus propias personas… Desde que salí de allí cambiando el barrio por la urbanización, no he vuelto ha tener una experiencia tan colorida, variada y socialmente nutritiva. Las urbanizaciones de mi vida posterior me han dado comodidad, conveniencia, confort para el desenvolvimiento de una vida que a veces he querido pasar junto a la naturaleza, y otras junto a los afectos, sin negar el efecto que el orgullo y la búsqueda de eso tan banal como el “estatus” ha tenido en la elección de morada.

En Mandraki, he vuelto al barrio. La expansión del coronavirus nos ha obligado a permanecer confinados en este puerto del siglo XV donde poco más de media docena de los barcos que aquí recalan están habitados y pasando por el mismo confinamiento, dando lugar a una comunidad -surgida espontáneamente- de transeúntes convertidos de repente en habitantes. La contrariedad por estar inmovilizados ha ido dejando paso al reconocimiento de que difícilmente pueden encontrarse mejores condiciones para pasar el trance por el que la población mundial tiene que atravesar, doblegada por la expansión del virus.

Los días amanecen a su propio ritmo, sin la presión de los relojes que aquí cumplen una función indudablemente más decorativa que funcional, y por eso la precisión que los humanos requerimos del tiempo se relaja hasta conciliarse con los pulsos de una existencia activa, no productiva. Por eso, cada mañana tomo conciencia del regalo vital que supone los paisajes que nos rodean en los 360 grados de visión alrededor de la fortaleza. Los montes de la Grecia continental, los picos albanos, el canal entre Corfú y el continente, la frondosidad de la pequeña isla de Ptichia, la vieja fortaleza veneciana, con su templo en el interior al más puro estilo de la Grecia clásica, divisando ese azul irreverente que ha desafiado los siglos con su belleza imperturbable… todo, en definitiva, es un motivo para congraciarse con la vida y con la circunstancia que ésta nos ha otorgado para disfrutar conscientemente de todo ello.

Hasta esta burbuja de belleza y serenidad donde todo armoniza sin pretensión de hacerlo, llega el eco del derrumbamiento que parece estar experimentando el mundo exterior. Y llega como la onda atenuada de una enorme convulsión que, a modo de tsunami, hubiera explotado en algún lugar distante desde donde sólo nos alcanza una perturbación leve de la que sabemos por las noticias, pero que no sentimos sobre nuestras carnes.

Me pregunto ¿qué habremos aprendido cuando termine el largo proceso (no lo preveo corto) en el que nos ha sumido la pandemia? Quizá esto sirva para descubrir que es mejor entenderse que tener razón. Cuando se trata de tener razón, se concluye en el mismo lugar mental del que se parte; pero cuando se persigue entenderse, sólo se conoce el punto de partida, pero no el destino, porque a él se llega a base de argumentos. La razón debe utilizarse como guía, no como posesión; hay que dejarse llevar por ella más que pretender poseérla, porque cuando se la posee, no es razón; ésta es libre, y por ello compartible.

En este barrio, los vecinos no podrían ser más distintos de aquellos que recuerdo en mi infancia urbana. Aquí todos son de fuera, viven en barcos, con edades distintas, profesiones distintas, historias distintas. Nosotros estamos entre las “chicas” (me gusta llamarlas “las gatas” por su afición a los felinos, especialmente a los tres con los que viven a bordo del Wake), y Christiano y Valentina en su AlterEgo. Es como orbitar entre dos planetas cuyas atmósferas y gravedades respondieran a leyes físicas diferentes, y por ello cada uno alberga hábitats, faunas y floras sin nada en común. Las “gatas” son un trio formado por dos mujeres (Cristina de Moldavia y Elizabeth de Texas con antecedentes mexicanos) y Davi, un/a húngaro/a nacido/a en Libia, habitante del mundo, singular, posesivo/a, curioso/a, controlador/a, dadivoso/a que vive en la permanente frontera de los dos sexos que rigen su vida, entre una masculinidad física y una feminidad adoptada. Davi se casó con Elizabeth en una íntima ceremonia en Mianmar; años más tarde conocieron a Cristina y constituyeron el trípode afectivo que hoy es el barco donde viven con sus tres gatos. Elizabeth es de una intelectualidad excepcional, con sentido crítico, capacidad argumentativa y erudición infrecuente. Un accidente de tráfico le dejó doble visión como secuela, y por eso no calcula las distancias, tiene una mirada dispersa, y mantiene un gesto con la cabeza con el que parece querer ocultar las cicatrices que se esconden bajo su larga y multicolor melena. Cuando relata algo su dicción cambia, entona como lo haría la voz en “off” del narrador de una historia, y ama las historias que parecen brotarle de la cabeza con tanta fluidez como la que cabría esperar en un talento privilegiado; creo que el suyo lo es, aunque no sé hasta dónde decidirá explotarlo. Cristina, es lo más diferente a ella que se pueda imaginar: una “rusa” apasionada, divertida, cariñosa y obstinada, que se entusiasma con las cosas como lo hiciera un niño decidido a no renunciar a la alegría espontánea que lo bueno y rico desencadena en su pecho.

Paloma, Cristina, Víctor, Elisabeth y Davi

Al otro lado, Christiano y Valentina son un italiano ruidoso y pasional de entre Padua y Venecia, y una rumana tímida, dulce, hacendosa y callada que comparten su espacio llamándose “amore” cuando quieren decirse algo entre sí. Él es el estereotipo de “italiano” alegre, hedonista, divertido, de risa estridente y fácil, acompañado siempre de buena música, de buen comer y mejor beber, que canta y baila, que maldice sin bajar la voz con palabras que no dejan lugar a la menor duda, aunque se desconozca el significado, y leal a unos principios sencillos pero rotundos: la vida hay que vivirla a grandes tragos; tener, no vale nada; ser, lo es todo; la confianza descansa en la honradez; el respeto, sustenta las relaciones. Así, cada mañana comienza con un “good morning, girls” a un lado y un “buon giorno, Christiano e Valentina”, que dispara ese “buon giorno a te, Victor y Paloma” cuyo acento y tono no creo que vaya a olvidar nunca.

Más allá de “las gatas” están los ingleses que no se relacionan con nadie, y por ello no sé nada de ellos. Saludan cordialmente, pero evitan cualquier ademán que pueda dar lugar a una conversación, por breve o circunstancial que ésta vaya a ser. A veces estoy tentado de dejar volar la imaginación y suponer motivos para su conducta distante y reservada, pero sé que eso me llevaría por una senda literaria en cuyo fin apenas tengo confianza. Y seguidamente está Faro, una motora grande con mejor apariencia que contenido, propiedad de Francis y Marie, donde viven con su hija Inés, y que conforman lo que en el puerto se conoce como “los franceses”. Ella es atlética, muy seria, pero a la vez divertida; si hubiera nacido en España, habría sido en Euskadi, por su estar recio, de buen fondo, pero ásperamente expresado. Francis, en cambio, es un hombre elegante, jocoso, capaz de mantener la distancia necesaria para conectar, pero sin ir más allá de lo puramente social. A él le gusta bromear con que su preferida es Gina, la perra, pero “se le cae la baba” con Inés, a quien Paloma le viene dando clases de español desde que entablamos amistad con ellos. Llegaron a Corfú después de haber vivido en Serbia y en Montenegro donde habían tenido negocios de hostelería, y se asentaron, primero temporalmente, y ahora de manera definitiva con el plan de vivir en la casa que se están construyendo en el interior durante los meses de invierno, y pasar los veranos navegando en su Faro.

Valentina, Cristiano, Víctor, Francis, Marie y Paloma

En el lado de Alter Ego hay varios barcos vacíos, hasta llegar a Mirika. Un velero pequeño con una quilla grande, como su armador, Marco. De nacionalidad suizo, residente en el Algarve portugués, ilustrador (hace storyboards para publicidad), habla perfectamente cuatro idiomas (al menos, son los que yo le he oído, aunque probablemente conozca alguno más), y tras su semblante serio, prusiano, y su fisonomía parecida a la de Pablo Picasso, se esconce un joven de 70 años, con físico estupendo, pensamiento reflexivo y alma jovial. Su total carencia de sentido del ritmo no le impide moverse en absoluta desincronización con el ritmo de la música, pero sin el menor atisbo de rubor. Simplemente baila, se mueve con la música, sigue una secuencia de movimientos convulsos, pero que pese a la brusquedad le sirven para expresar la emoción que la música de inspira. Y sin embargo, abraza la guitarra con naturalidad, y le saca vibraciones que desearía ser capaz de producir con mis propias manos.

Marco llegó a Mandraki con su amigo Fabio Barbuto. También 70 años y enamorado del mar, este calabrés es un hombre tan elegante en sus formas como en su fondo, cuya mujer regenta la explotación agraria familiar al norte de Italia, cerca de Venecia, mientras él dedica las primaveras y veranos a su Lido calabrés. El Lido de Fabio es un restaurante a orilla del mar, con hamacas y sombrillas, para un turismo sereno que busca refugio en la brisa marina, caricias en las olas de su playa blanca, y la vida lenta, es decir, humana, que tan prolíficamente se da en las latitudes medias, y en la distancia de las grandes urbes.

Marco y Fabio son las personas de más años y, a la vez, más jóvenes, con quienes hemos compartido los últimos meses en Corfú. Se deleitan con la belleza, ya sea de una planta o de un pórtico; nadan entre las olas, aún cuando la temperatura del mar parece anunciar que la primavera todavía está en camino; ríen y comulgan con la vida con el compromiso de quienes están dispuestos a darlo todo por ella, es decir, a sacar lo más posible de ella.

A su lado está Gentilina con la mejor tripulación que pueda imaginarse: la familia completa. Fabio Portesan es un italiano divertido que se gana la vida como “influencer” haciendo videos para YouTube en los que prueba equipamiento náutico y opina sobre el mismo; de esta manera Hi-Nelson, la tienda online que lo patrocina, consigue tráfico a su web. Es imposible estar un rato con Fabio sin reír con cualquiera de las frecuentes bromas de una mente rebosante de talento y buen humor. Fue la primera persona que conocimos en el puerto cuando ni siquiera habíamos llevado el Alendoy a su atraque; nos habíamos cogido a un muelle de otro puerto al sur de la fortaleza y habíamos caminado para echar un vistazo a la marina de Mandraki, cuando conocimos a Fabio y nos dio el teléfono de Andreas Doukakis, el “habour master”. Una vez instalados ya en la marina, conocimos al resto de su familia. Leilani, la pequeña, de tan solo 6 años, es la niña que uno imagina encontrar en un bosque poblado por hadas, gnomos y unicornios, que un día crece y se convierte en princesa. Creo que siempre la recordaré con sus ojos azules y su pelo rubio despeinado, bailando a solas llevada por la música que sólo suena en su mente y que, más que un juego infantil, es una expresión tan natural para su cuerpo como para cualquier otro pueda serlo caminar o sentarse. Su hermano mayor es Valerio, de 12 años, sereno, de inteligencia brillante, ademanes adultos, cuya mente encuentra en la conversación el reposo que su cuerpo halla en el descanso, y en la que expone para explicar y escucha para comprender (no para responder). Conozco a pocos adultos con quien conversar sea tan agradable, cuyos argumentos estén tan razonados (y razonables) y cuyas formas sean tan impecables como las de Valerio. Veo en él una serenidad que no encuentro en su madre, quizá porque Marina es un volcán en erupción permanente. Esta mujer joven, guapa y atractiva, que puede ser tan dulce y tan dura como ella decida, sin que en ninguno de los dos extremos haya el menor comedimiento, es el arquetipo de mujer italiana: sensual, pasional, temperamental, fuerte y tierna. Entre todos conforman el ideal de familia gobernada por el amor, comprometida con la sencillez, implicada en los afectos, adepta a la autenticidad de las cosas que cuanto más simples, más valen.

Este ha sido el vecindario de los últimos meses. Entre ellos nos hemos sentido queridos y respetados. Con ellos hemos compartido sensaciones y conversaciones; momentos y recuerdos que quedarán para siempre en nuestros corazones. Por eso nos ha costado salir de Mandraki, conscientes de que, junto a la muralla de esa gran fortaleza, este pequeño puerto ha sido el escenario de nuestra felicidad cotidiana, en una estancia donde nos rodeaba la belleza y el cariño mientras el resto del mundo se enmascaraba contra el virus. Teníamos ganas de salir para encontrar nuevos paraísos, pero nos ha costado decir adiós a personas que se nos han colado en el corazón y no saldrán de él. Seguramente por eso sintamos en lo más íntimo, que Mandraki no será para nosotros un lugar de paso más, y que volveremos a él como quien vuelve a casa.

Saliendo de Mandraki…

3 comentarios sobre “El barrio de Mandraki

  1. Me encanta la descripción que hacéis del nuevo barrio, los colegas y la visión de la situación que estáis viviendo. Sin duda muchas cosas no serán como fueron. Sería deseable que la humanidad tomara nota y aprendiera para mejor. Pero me temo que no será así por culpa de unos pocos, como siempre, pero que hacen valer su fuerza sobre el resto.
    Os deseo todo lo mejor en el nuevo destino.
    Un abrazo a los dos..

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  2. Me ha encantado, la primera parte, lo que no se es de cuantos capitulos es el libro, la madre que te parió Molerin, ahora no me creo que tengas tanta memoria, te lo has inventado, je je je…

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