Vuelta a casa

Hay dos tipos de capitanes: los que han tocado fondo alguna vez, y los que lo tocarán. Nuestra caricia al fondo marino fue en el sur de la isla que inspirara a Gerrall Durrell para escribir “My Family and Other Animals”: Corfú.

La antigua fortaleza construida por los venecianos en el siglo XV

Es la primera era, la más occidental de las islas griegas, a caballo entre el Egeo y el Adriático, enfrente del Jónico, haciendo esquina con Albania; en otras palabras, una isla sometida durante siglos a todo tipo de influencias que han dejado en ella el poso mediterráneo de sucesivas culturas milenarias.

Llegamos a su extremo sur después de casi treinta horas navegando con fuerte norte desde que salimos de Crotona, la ciudad al sur de Italia donde Pitágoras concibió su teorema, creó su extravagante filosofía y dio luz a una escuela donde la matemática tenía más visos de magia que de ciencia exacta. Ese carácter mágico de los números puede parecer desnortado en este mundo donde la precisión forma parte de un día a día al que le exigimos que todo funcione con exactitud “matemática”; pero el comportamiento de los números, siempre fieles a unas normas frecuentemente arcanas para la mayoría de los mortales, está sujeto a una racionalidad no siempre acorde con los impulsos humanos y el mando que sus emociones imponen en la conducta. De hecho, gracias a las matemáticas el mundo funciona de una manera que la inmensa mayoría de las personas no podemos explicar, y cuyos resultados están más cerca de la magia que de la realidad. ¿O acaso no es mágico poder comunicarnos con cualquier otro ser humano del planeta sin ninguna conexión física entre ambos; o no es mágico suspendernos durante horas en el aire y trasladarnos a velocidades vertiginosas de un lugar a otro; o modificar los alimentos para darles esa apariencia “ideal” que ni la naturaleza es capaz de ofrecer; o las casas automáticas, la inteligencia artificial, el diseño genético…? Todos sabemos que hay una explicación para estos y tantos otros fenómenos con que la tecnología actual potencia nuestra vida cotidiana, pero ni la conocemos ni nos importa. Para la inmensa mayoría, la tecnología funciona de la misma manera que la chistera del mago que extrae un conejo. Así, la magia de los números a ojos de Pitágoras, ya no me parece tan trasnochada.

Sé que todo está en la imaginación, pero caminar por lugares que un día iluminaron la mente de un personaje de tan imponente trascendencia como Pitágoras, no deja de impresionarme; y me pregunto por el efecto extraño que los paisajes o sus gentes, desencadenaron en la mente de aquel ser humano como para inducirle ideas cuyo vigor se mantiene dos mil quinientos años después.

Habíamos salido de Sciacca tres días antes. Esta ciudad al sur de Sicilia la llegamos a sentir como nuestra después de más de dos meses en los que estuvimos allí amarrados para hacer algunas reparaciones y viajar a España para la parada navideña. El reencuentro con Madrid resultó extraño; sus calles ofrecían a la vez una apariencia familiar y ajena, desencadenando sentimientos que bien podrían comprenderse en alguien que inmigrara, pero que no parecían coherentes para dos “gatos” de los de toda la vida. Lo cierto es que hubo un momento en el que ni nos sentíamos “en casa” ni fuera de ella, y el regreso abordo se hacía imperioso.

Poner pie en Sicilia resultó no menos singular; a diferencia de la anterior, esta vez no llegábamos a la isla: regresábamos a ella. Las calles, los paisajes, incluso el idioma que seguíamos sin entender nos resultaba familiar y amigable, y nos acogía como a un familiar que retornara de una estancia fuera.

La vuelta a Sciacca era con la intención de zarpar enseguida rumbo a la Italia peninsular, aunque tanto nos insistieron en el interés de los carnavales de la ciudad, que optamos por retrasar unos días nuestra salida. Por lo que averiguamos, Sciacca acoge a uno de los mejores carnavales del país, con una tradición de más de 120 años de celebración ininterrumpida. Grandes carrozas mecanizadas permitían que los gigantes personajes representados en ellas se movieran con una naturalidad extraordinaria entre luces, colores y músicas a cuyo son la gente bailaba en una procesión que abrazaba a la ciudad casi de una punta a la otra. En la mitad de su recorrido, paraban en la plaza frente a un escenario donde bailarines de la peña asociada a la carroza, representaba con danzas diversas la alegoría de la creación. El estilo de las figuras que se representaban nos recordó mucho a las fallas de Valencia, aunque aquí, al contrario que en nuestra tierra, es la alegoría elegida la que sucumbe a las llamas. En mitad de una de las representaciones de baile, el presentador del espectáculo apareció en el escenario y dirigiéndose al público congregado en la plaza dijo, con el gesto adusto y tono serio, que el espectáculo quedaba cancelado en ese mismo instante. Los propios bailarines del escenario no podían ocultar su confusión mirándose entre sí en un intento de comprender qué estaba sucediendo. Las luces se apagaron, los micrófonos se desconectaron, el público se miraba entre sí con gestos de desconcierto, sin saber muy bien si enfadarse, reclamar, o esperar a ver qué pasaba antes de decidir la reacción y su intensidad. Nosotros nos fuimos, y de camino al puerto descubrimos en Internet la noticia que lo explicaba todo: un niño de cuatro años se había caído de una de las carrozas golpeándose mortalmente la cabeza. Al día siguiente la ciudad estaba conmocionada, todos los actos organizados para el carnaval, cancelados; las calles parecían silenciosas incluso en las horas de más bullicio. Los cientos de autocaravanas (práctica frecuente en la isla) que se había dado cita para disfrutar de las fiestas, daban cobijo a sus inquilinos que no parecían saber si permanecer allí animados por la presencia de otros “caravanoandantes” o marchar calladamente a otro lugar que justificase mejor el carácter vacacional de su talante. Nosotros soltamos amarras al día siguiente y salimos de Sciacca con el corazón compungido por el suceso, pero también con una sensación de pertenencia a esa ciudad que accidentalmente surgió en nuestro camino y que, de manera inesperada, se convirtió en el lugar donde mejor pudimos descubrir Sicilia, sus gentes y su forma de vivir.

Un día de motor hasta Licata, fondeo, noche sin novedad; otro día de navegación hasta Porto Palo, noche, 24-30 horas de navegación más, y ya estábamos en Crotona donde nos depositó un viento fuerte pero sin ola con el que el Alendoy parecía planear más que surcar el agua. Llegamos con el cansancio de las travesías prolongadas, pero con ganas de tocar tierra, la última que sentiríamos antes de volver a hacerlo en Corfú, pero esta vez con la quilla que descansó unos breves instantes sobre un lecho marino mal señalado en la carta. Y así, confirmamos las dos categorías de capitanes que surcan los mares, y una cierta confusión hacia el significado del número 24, que parece no decir nada especial, hasta que se convierte en la medida del tiempo sujetando el timón entre olas y estrellas.

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