El dolor del rechazo. ¡Atraca donde puedas!

Pocas cosas son tan definitorias de la naturaleza humana como su condición de animal social. Requerimos de los otros para poder ser uno mismo, y sin ellos ni siquiera sabemos quiénes somos. Por eso demandamos sentirnos aceptados, reconocidos por los demás. Sin embargo, rodeados de una vida social rica y variada, es difícil concebir el dolor del rechazo que puedan sentir personas que emigran de sus países con la esperanza de mejor fortuna en otros.

Salimos de Sarande temprano con la intención de detenernos en la cala de Gramma, a unas 30 millas de la ciudad de Vlorë dentro de la enorme bahía que lleva su nombre. Zarpamos sin viento, haciendo 6 nudos a motor, luego 5, más tarde 4 y luego 3, luchando contra las olas por mantener esa velocidad. El viento del NW nos daba directos en la proa haciendo imposible el uso de las velas y obligándonos a avanzar contra el embate de las olas; las más grandes nos frenaban en seco cuando la masa de agua se encontraba con el casco del Alendoy. Esperábamos llegar a Gramma Bay para fondear y descansar al abrigo de las altas paredes que la rodean; pero no fue posible. Entramos con incertidumbre, poco convencidos de su seguridad para el fondeo, sin información clara en las cartas e intimidados por rocas asomando sus crestas a la superficie entre la espuma que el oleaje entrante provocaba. La cosa no estaba nada clara. La cala era bellísima, pero impracticable para un barco como el nuestro y unas condiciones como las que había: poco espacio, mucho fondo, sin ángulo de borneo, viento cambiante. Era una de esas situaciones en las que el cansancio puede conducir a una mala decisión; afortunadamente no fue así, y vimos claro que teníamos que continuar luchando contra el oleaje rumbo norte hasta cubrir otras 30 millas hasta Vlorë.

Llegamos de noche, cansados, con ganas de ducha y cama. Siguiendo el procedimiento habitual, llamamos al “harbour master” y pedimos permiso para pasar la noche en el puerto, cosa que nos denegó, pero nos autorizaba a fondear al abrigo del espigón, aunque en realidad poco abrigo nos podría dar ya que nos obligaba a echar el ancla a, al menos, una milla de distancia. Estábamos procediendo con sus indicaciones cuando nos llamó nuevamente por radio:

  • You are not allowed to anchor in the bay. Because of the coronavirus situation you must proceed to your port of exit in Shengjin. Over.
  • Do you mean that we cannot anchor near the harbour?
  • No captain, you are not allowed to anchor anywhere in the bay of Vlorë. Proceed to your port of exit.
  • I will do as you say. Over and out.

No teníamos más opción que continuar hacia el norte y pasar la noche navegando otras 50 millas más hasta Durrës. Esta era una de las ciudades en las que pretendíamos parar para acercarnos desde allí a Tirana, pero no de esta manera. Daba igual; no teníamos opción. Menos mal que el mar se había venido a razones y nos facilitó la travesía.

Por la mañana llegamos al enorme puerto industrial de Durrës. Ilir, el agente que habíamos contactado para que nos hiciera la gestión portuaria, nos había conseguido un hueco entre dos cargueros gigantescos entre los que el Alendoy parecía un juguete de feria. Nos cogimos a un enorme muelle industrial con vías de tren para el tránsito de grúas, elevadores de carga, contenedores, maderas de portes, y todo el atrezzo que uno espera encontrar en el puerto donde un carguero introducirá la mercancía ilegal que el héroe descubre y rescata entre un tiroteo donde todos mueren, menos él.

Intimidados por las dimensiones descomunales de todo cuanto nos rodeaba, vino un médico del puerto para examinarnos y certificar que no estábamos infectados. Con su confirmación sobre nuestra salud, ya teníamos permiso para estar allí, lo que no significaba mucho…

  • You may stay here, but you cannot abandon the boat.
  • What…?
  • Because of the coronavirus the port has been closed…

Así nos explicaba el agente que por el cierre del puerto podíamos quedarnos allí el tiempo que necesitáramos, pero sin abandonar el barco. Paloma y yo nos miramos con una expresión inconfundible que decía “¿qué coño hacemos aquí si ni siquiera podemos salir del Alendoy…?”

Inmediatamente llamamos al puerto de Bar en Montenegro mientras pedíamos a nuestro agente que gestionara nuestra documentación de salida de Albania. En Montenegro nos dijeron que tenían amarre para nosotros y que nos esperaban al día siguiente. No había duda, otro día de navegación y podríamos entrar en un país que nos permitiera salir del Alendoy y caminar por sus aceras; o eso parecía, porque media hora más tarde una llamada del puerto en Montenegro nos informaba de que la autoridad marítima había cerrado los puertos a embarcaciones extranjeras. Tampoco podíamos ir allí.

Llamamos a Nagger. De todos nuestros amigos, era la persona indicada para aclararnos las opciones que teníamos. No dudó ni un instante en cuanto escuchó nuestra situación:

  • Volved a suelo de la UE antes de que cierre sus fronteras.

Podíamos seguir hacia el norte y entrar en la UE por Croacia que era el destino final que nos habíamos fijado, pero si la UE cerraba sus fronteras y el tránsito marítimo iba a estar difícil, Croacia no era donde queríamos quedarnos atascados. Así que, sin dudarlo, soltamos amarras tras una hora escasa de descanso en Durrës y pusimos rumbo sur de regreso a Corfú, donde el clima era más benigno, las calles acogedoras, el puerto pequeño, pero bien abrigado y conocido, y la comida mediterránea.

Otra noche más navegando no era una buena perspectiva, pero el viento estaba tranquilo y el tiempo era bueno, sin frío y con luna. En ese momento lo que más nos inquietaba era no recibir permiso para entrar en Grecia nuevamente porque también ellos cerraran sus puertas a embarcaciones extranjeras.

Amaneció un día precioso, soleado y brillante, a medida que nos acercábamos a la isla; nuestro amigo Fabio nos wasapeo diciendo que Marina, su mujer, había estado en el banco donde le habían dicho que no dejaban entrar ya barcos en la isla. Las últimas cinco millas las vivimos con tensión, desconectamos los dispositivos de identificación del barco para que ninguna patrullera nos pudiera localizar y finalmente llegamos sin novedad, con una intensa sensación de regreso a casa, de suelo patrio, de amigos a la espera, y de gratitud a la vida por haber sido finalmente acogidos en lugar amigable. Haber vivido una fracción de la experiencia de quienes se aventuran al mar para entrar en otro país que los rechaza, y así sucesivamente sin encontrar un destino amigo, había sido una grandísima lección de vida que no queremos olvidar. No fue agradable, pero nos enseñó mucho.

2 comentarios sobre “El dolor del rechazo. ¡Atraca donde puedas!

  1. Hola chicooos! Soy Iñigo! Qué bueno leer una historia, una aventura, que acaba con final feliz. Que llega, nunca mejor dicho, a buen puerto. Si no fuera por esos momentos en los que «se te ponen» en lo más alto del mástil…
    Las fotos las habeis sacado de una revista de viajes, no? Viajes El Corte Inglés, quizá? jejeje… transmiten, paz y serenidad, lo contrario que se siente estos días en vuestro país. Sí, ése que se come y se bebe muy bien, pero que, tiene unos gobernantes que parecen sacados de un TBO… No volvais, quedaros una temporadita amarrados en Grecia y compraros una casita para que cuando acabe todo «esto» nos inviteis y brindemos con una copa de Retsina disfrutando la caída del Soooool. Besooos!!! Abrazooos!!! Seguiremos atentooos!!!

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