
Salimos de Corfú en plena crisis del Coronavirus en Italia y España. El mundo parecía estar sumiéndose en una crisis sanitaria que nosotros esquivamos por los pelos, sin pretenderlo, y cuya magnitud no llegamos a sentir en absoluto, de no ser por las noticias que constantemente nos saltaban al móvil con la expansión de la epidemia.

Corfú nos ha dado mucho. El pequeño puerto del Corfú Sailing Club dentro de la muralla del fuerte viejo, no sólo nos cobijaba entre muros del siglo XV a los que cada mañana amanecíamos; además hicimos amigos como Fabio, un italiano que vive de grabar videos para un e-commerce de material náutico y que viaja por el mundo con su mujer y sus dos hijos; y Davi, una de las tres chicas que, a bordo de un Amel como el nuestro, hacen vida de tri-matrimonio. Las conocimos una noche mientras tomábamos un vino en el barco de Fabio, y así descubrimos su vida junto a Elisabeth, estadounidense, y Cristine, moldava, y la naturalidad con que hacen una normal vida de matrimonio, donde son tres, en vez de dos, los habitantes de ese particular universo conyugal.
Corfú tiene calles empedradas en un precioso casco antiguo con el sabor a “siempre” que tan frecuentemente se encuentra en el Mediterráneo. Pero el griego, idioma precioso de escuchar, y decano de cuantos permanecen con vida, es una auténtica barrera para la comunicación. Sin conocer el italiano hemos podido comunicarnos sin problema cuando hemos transitado por sus puertos. En Grecia, la cosa es muy distinta. Con todo, hemos estado con gente amable, quizá más distante que los de Italia, pero sin faltar a la proximidad latina que tan bien acoge a los extranjeros. Y hemos visto una especial filia por los españoles cada vez que hemos desvelado nuestro origen.

Nos hemos deleitado con el arte bizantino en las iglesias ortodoxas; con las obras clásicas del palacio de la emperatriz Sissi donde satisfacía su amor por la Grecia antigua y se sentía libre de las ataduras de una corte imperial; con el maravilloso museo de arte asiático, y con la visita de Juan y Marina que en su vertiginoso crucero hicieron parada en nuestra isla. Era el primer encuentro que teníamos con familiares desde que salimos de España, y lo hemos sentido como uno de esos bálsamos que uno cree no necesitar, pero que sana cuando se aplica.

Finalmente salimos de Corfú rumbo a Albania con viento en la amura y sol en la cara. No pasaría mucho tiempo antes de darnos cuenta de que la crisis sanitaria que habíamos venido evitando, también nos iba a golpear, pero de un modo diferente…











