Los sicilianos se besan. Es su forma de saludar y despedirse, incluso cuando no hay una relación estrecha, o de confianza. Dos besos, uno en cada mejilla, me dio Accursio, el marinero del puerto cuando salimos camino del aeropuerto para el receso navideño; y otros dos Angelo, el costurero que nos reparó los toldos de abordo. Me gusta la fórmula, a pesar de haberla evitado en infinidad de ocasiones en las que me han presentado a alguna mujer en un contexto profesional. No le veo sentido a apretar la mano a los hombres, y sin embargo besar las mejillas de las mujeres; esta convención ampliamente aceptada seguramente tuvo sentido en su momento, pero a mí, ahora, esa segregación por sexo me parece extemporánea. Prefiero discriminar por afecto, y así besar a hombres y mujeres a quienes quiero, y apretar la mano cuando el saludo es a desconocidos.

Sin embargo, el gesto de los sicilianos me resulta inexplicablemente entrañable, pese a ser consciente de que responde a una simpatía más que a un afecto; y lo prefiero así porque siempre he sentido recelo de los afectos súbitos. Me parece que el cariño es algo que ha de nacer, y como todo lo que nace, lo hace pequeño, frágil, con necesidad de cuidado, atención y mimo para que crezca hasta que se haga grande, fuerte y sólido. Y eso requiere tiempo y contacto, cosas que abundan en el Alendoy.
La vida abordo es una buena medida para comprender las cosas. Todo adopta una dimensión diferente: el tiempo, los objetos, los ritmos cotidianos, el descanso y la comida, el cuerpo, el entorno, la naturaleza y las máquinas. Todo se ve desde un plano en cuyo telón de fondo prima la autenticidad. La vida se despoja de demandas superfluas; lo suntuario carece de sentido; se pone de manifiesto, en definitiva, que se puede vivir muy bien con muy pocas cosas, pero muy importantes. Y entre estas, las materiales, son las de menos valor, salvo algunas muy concretas de las que, en ocasiones, depende tu propia vida.
Pero el sistema productivo del que procedemos fomenta la tendencia a poseer, y por eso acumulamos enseres innecesarios que son el fruto de caprichos, necesidades ficticias, y regalos cuyo valor está exclusivamente asociado al de su materialidad física. Así es como la mayoría prefiere más dinero a costa de menos tiempo, y raramente a la inversa. Un buen ciudadano es, pues, el que trabaja mucho, gana mucho, gasta mucho, cotiza mucho y vota de vez en cuando. Quien opte por la alternativa contraria de trabajar menos para ganar menos, gastar menos y cotizar menos, tiende a estar peor visto por una sociedad bajo la hegemonía de lo económico y con la tiranía de la productividad.
Sin embargo, los ritmos de la naturaleza son distintos. El tiempo transcurre de otra manera; la actividad, aún intensa, carece de la presión del estrés; las relaciones surgen, se intensifican y pueden llegar a disolverse a medida que la distancia se impone entre esos nuevos amigos que vamos descubriendo, pero que cuando un día, inesperadamente, reaparecen en algún puerto lejano, te llenan de alegría de una forma especial. El tiempo, en definitiva, se redefine conforme a otros parámetros.
En los últimos tres meses Paloma y yo hemos vivido la -maravillosa- experiencia de compartir veinticuatro horas al día durante siete días a la semana. Eso sí que es “contacto”. Yo temía que una convivencia de semejante intensidad pudiera deteriorar nuestra relación, que los roces se intensificaran en frecuencia o magnitud, o que el cansancio o el aburrimiento presentaran su cara más siniestra. Lejos de semejantes augurios, hemos experimentado una comunidad de sintonía personal, respeto, cariño, risa frecuente, y preocupación mutua por que el otro esté bien. Sin duda, ha sido lo más rico, bonito e inolvidable que hemos descubierto de esta nueva forma de vida, y nos hace sentir intensa y profundamente felices.
Como consecuencia, llegado el momento de regresar, nos hemos encontrado sin ganas de volver, pero con tremendos deseos de reencontrarnos con la gente a la que queremos; estos, y solo ellos, son lo único que hemos echado de menos, lo único que nos ha hecho regresar, y regresaríamos mil veces para volver a los abrazos que nos esperaban en Madrid. El primero llegó de la misma persona que nos dio el último al dejar Alicante: Manu. Tres meses entre uno y otro que se han hecho más largos de lo que habíamos percibido. Y hemos sentido la enorme diferencia entre el mismo gesto, el del beso, cuando nos lo han dado en Sicilia al despedirnos, y cuando nos los han plantado en Madrid reencontrándonos con la familia y los amigos. Ahora “tiempo” y “contacto” se han salido de su orden alfabético para ocupar otro lugar en nuestro particular diccionario de orden personal, mucho más cerca de “beso”, “emoción” y “reencuentro”.
