Volver a Sicilia

En el mar no se deben hacer planes cerrados; tú quieres ir a un lugar, pero el viento y las olas te ofrecen otro camino más llevadero… conclusión: ¡sigue los dictados de Neptuno!

En lugar de ir a Licata, como habíamos planeado para hacer más oeste, nos dirigimos a Ragusa donde otra vez coincidimos con Galatea, y tuvimos la oportunidad de volver a despedirnos de Bruno y Natalie con una cena entrañable.

La travesía fue de esas que no quieres que termine: una ola tendida y noble, un sol más acorde con la primavera que con el invierno de diciembre y un viento razonable y continuo que nos permitió unas horas de lectura y relax.

Y así, tras una jornada preciosa, entramos en el puerto de Empedocle, bautizado en honor al filósofo que habitó la vecina ciudad de Agrigento que nos aguardaba en la ladera, sobre el “valle de los templos”. Entramos en el puerto de noche y nos recibió Giuseppe, un marinero siciliano, de aspecto siciliano y fuerte acento siciliano que muy bien podría haber intervenido en “El Padrino”. Aunque su pronunciación hacía más que críptico cuanto nos decía, conseguimos comunicarnos aceptablemente con él.

El muelle flotante apenas daba para sujetar tres barcos (Alendoy uno de ellos). A nuestra vera estaba el Andrea, una embarcación pequeña pero robusta que se había detenido en su camino hacia Palermo. En ella, Francesco y Teresa venían desde Malta donde habían aprendido a navegar trabajando como patrones de charter (ironías de la vida…).

  • ¿Por qué hablas tan bien español?
  • ¡Porque he vivido tres años en Londres…!!!

Una primera y breve conversación que nos dejó con ganas de más. Un par de días después volvimos a coincidir en el puerto de Sciacca. Comiendo con ellos, Francesco nos contó que el sueño de su vida había sido ser probador de video juegos; lo consiguió en Londres, pero se dio cuenta de que no era feliz, que hacía lo que le gustaba, pero pasar el día dentro de un edificio entre pantallas y mandos, le producía cierta claustrofobia. Así que lo dejó todo y se fue a Malta para vivir a bordo del Andrea.

Agrigento no tiene mucho que ofrecer más allá de vistas bonitas -dada su situación en una ladera frente al mar-, un convento, la catedral, y poco más. Pero a sus pies se extiende un impresionante valle declarado patrimonio cultural de la Humanidad. El reconocimiento es más que merecido: una sucesión de templos griegos del V aC. se extienden paralelos a la costa, algunos en muy buen estado, después de las lógicas restauraciones.

Caminar entre esas piedras talladas hace más de dos mil años suscita una emoción inexplicable, como si el hecho de haber sido concebidas y levantadas por hombres como nosotros, con sus ideas, creencias, dudas, miedos y ambiciones, nos conectara a ellos de una manera inexplicable. Y uno toma conciencia de que los humanos somos seres transformadores, a veces para bien, modificando para crear, y otras para mal, destruyendo sin sentido. Pero transformadores, sin duda.

Aquellas columnas, capiteles y frontones erigidos a una manera de concebir el mundo, contra el cielo radiante que nos tocó disfrutar y sobre el intenso azul del mar, despertaban emociones que, sin duda, experimentaron los hombres de dos mil quinientos años atrás. Esa respuesta emocional hacia los mismos objetos pétreos, de alguna manera nos acercaba en el tiempo convirtiendo esos más de dos milenios en un anteayer, tecnológica, económica, socialmente distinto, pero humanamente igual. Fue fascinante.

Y así salimos de Agrigento en el autobús de vuelta a Empedocle donde nos preparamos para partir el día siguiente hacia el oeste. Llegamos a Sciacca, una concentración demasiado grande para llamarla “pueblo” pero no suficiente como para llamarla “ciudad” (se me ocurren “ciublo” o “puedad” como posibilidades…). Su puerto acoge a una enorme flota pesquera, goza de ese aire natural de quienes pasan sus días entre el cielo y el mar, y ofrece lo que a mí me parece todo un espectáculo cada vez que una de esas embarcaciones sale o entra de puerto, rodeada de gaviotas, con su ritmo pausado, como si el de las olas se le hubiera contagiado y ya no pudiese moverse de otra manera.

Al otro lado del puerto pesquero se encuentra la Lega Navale Italiana. En teoría es una “marina”, aunque no cuenta más que con dos largos pantalanes flotantes, bien abrigados, pero tan movidos como la misma superficie del agua. Aquí dejamos el Alendoy para el receso navideño y aprovechamos para hacer las reparaciones y mantenimiento que hubiésemos querido hacer en España, pero que el poniente y NW sostenidos han hecho imposibles fuera de Sicilia.

Anoche entró un muy fuerte temporal. Nos preparamos a conciencia para aguantarlo, y lo aguantamos bien. En esos momentos, el Alendoy es una burbuja de calma que nos acoge, nos abriga y nos protege. En su interior escuchamos el “bramido del viento” y entendimos plénamente el sentido de esta expresión. Experimentamos un miedo hondo, no pronunciado, que no llegaba a sentirse porque todo estaba bien, pero que existía en algún lugar al que nos negábamos a mirar. Confiamos en nuestra burbuja, y en cómo la habíamos preparado, y actuamos con la normalidad de un día cualquiera, en el que todo está bien; y así pasamos toda una jornada abordo, en el interior, olvidando ese miedo que estaba y no quisimos sentir.

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