Sabía que Siracusa nos iba a encantar. No había leído nada, pero un latido misterioso, y por ello incuestionable, me decía que sería así. Y así fue.
La aproximación desde Catania es un espectáculo, la entrada en la gran bahía resulta épica, amarrarse al gran muelle de piedra, solos, con las fachadas de Ortiglia a la espalda, es la inspiración para fotografiar sin límite. Y para escribir sin límite, imaginar sin límite, soñar sin límite…
Tuvimos que pasar dos días antes de poder disfrutar de la ciudad. La misma noche de la llegada nos sacudió una fuerte tormenta con vientos de hasta 40 nudos que hicieron gemir a las amarras, tensar las cadenas de las dos anclas que teníamos por proa, y silbar como posesos los obenques del Alendoy. Y finalmente, llegó la luz, el sol radiante y el cielo azul que se desplegaron en Siracusa como un maquillaje sutil sobre su bello rostro.
Siracusa es una ciudad maravillosa en cuyas calles pude imaginar las escenas que tantas veces vi con mis hijos en la película de Simbad el Marino. Sé que por ese recuero de la infancia de mis hijos llegué a Siracusa predispuesto a enamorarme, pero debo decir que la ciudad me conquistó el corazón por méritos propios. Las calles, las casas, barrios donde la belleza no ha sido planificada para el visitante, sino que resulta espontáneamente de sus historias, las cotidianas y la de los libros… todo se me fundía en la mente con los personajes de ficción que iluminaban la cara de mis niños, y también la mía. En el salón de columnas del castillo evoqué la recepción en la que Proteus invita a Simbad, y que prefiero volver a ver, ojalá con ellos, mejor que contar aquí.
Desde las gradas del teatro griego que acumula dos mil trescientos años de historia, se puede ver la bahía, más allá del anfiteatro romano de “solo” mil novecientos años. En la catedral, las columnas de un antiguo templo griego del siglo V antes de Cristo conviven con las románicas del siglo VII después de Cristo, y con la fachada del siglo XVI. Esas piedras separadas por más de mil años entre sí, conviven bajo el mismo techo a unos pocos pasos de distancia.
Siracusa ha sido la ciudad en la que más tiempo hemos pasado desde que salimos de España. La semana que permanecimos en ella nos supo a poco, y nos llevamos un recuerdo inolvidable y la seguridad silenciosa de que antes o después, regresaremos.

