Lejos, pero tan cerca

Hace unos días fue el cumpleaños de David. El primer cumpleaños en el que no he estado… y me ha dolido. La ausencia de mis hijos se me clava a diario, hendiéndose en una herida de la que solo brota un amor cuya intensidad ya he dejado de querer comprender. Ahora, que cada día me regala una conversación con uno o con otro, noto el vacío de su compañía con la intensidad de lo sobrenatural, y me pregunto qué magia extraña existe en el contacto de una piel cuando es la de alguien a quien se quiere abismalmente.

La distancia ha acentuado la frecuencia con que quienes fueron mis niños se me aparecen en sueños. Cada vez con esos ojos que un día me miraron para siempre, y esas manos infantiles que desde que una vez las cogí no he dejado de sujetar.

Hoy esos niños que ya no existen, son unos hombres de quienes me siento orgulloso. No podría explicar la causa de esta sensación, porque sé que no resulta ni de sus logros, ni de sus méritos. Me enorgullezco de ellos por cómo son; quizá simplemente porque son, sin más.

Ahora que ya tienen alas y no pueden evitar orientarse a su propio vuelo, les miro como quien contempla un milagro y me pregunto qué he podido tener yo que ver en ello. Seguro que algo, o mucho, pero no consigo identificarlo, y de hecho me parece incomprensible mi implicación en semejante resultado. Sé, por los dictados de mi cerebro, que la ha habido, aunque no consigo sentir que haya sido así. Es más, diría sin dudarlo que desde que nacieron han sido ellos los maestros de quienes he aprendido más de lo que puedo recapitular.

Ese tesoro de aprendizaje que estas dos personas me han dejado, y la conciencia de saberme inexplicablemente conectado a ellas, estará para siempre en lo más profundo de mí. Quizá por ello no dejan de aparecer en mis sueños.

Es difícil tomar el relevo escribiendo después de Víctor; me lo pone francamente complicado, pero no quiero cerrar esta entrada sobre nuestros hijos sin dejar también mis impresiones ¡allá vamos!!

¡Cuántas veces evoco la despedida de Manu en Alicante! Ese abrazo que costó tanto deshacer me lo voy a tatuar en cuanto encuentre a un artista que sea capaz de dibujármelo en la piel.

Me gusta observar cómo ha impactado nuestra partida en la relación de Manu con la familia. Ahora tiene “su” relación, independiente de la mía, que será responsable de mantener. La fortuna es que estas cosas suelen suceder cuando faltas, en el sentido más estricto de la palabra; por suerte no he tenido que morirme para verlo 😉

Cuando Manu vino al mundo recuerdo las conversaciones con otras madres donde expresaban sus deseos para el futuro de sus hijos: importantes profesiones o habilidades varias. Yo siempre contestaba que el día de mañana solo quería que mi hijo fuera “una buena persona”, así de simple y…  ¡Deseo cumplido!

Somos muy afortunados. Tenemos unos hijos que, siguiendo caminos muy distintos, los tres coinciden en haber alcanzado una madurez serena; son personas sólidas y tienen un corazón limpio y bueno.

Deseando veros y abrazaros…

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