Catania. Bajo la sombra del volcán

Puedo imaginar la vida al lado de un río, junto a una gran montaña, cerca de minas, marismas, lagos, o cualquier otro capricho de la naturaleza; pero no soy capaz de trasladar las experiencias de lo cotidiano a un lugar que cada día ve humo en la cumbre amputada de la montaña junto a la que vive, que tiembla de vez en cuando, o que tiene vestigios de destrucciones anteriores en las que todo, o mucho, quedó devastado. No dejo de preguntarme por la intensidad del apego a una tierra que amanece cada mañana con la amenaza de que se quiebre y hunda con ello el escenario de la vida, sus actores y sus historias. Así es Catania.

Llegamos a un puerto enorme en una de cuyas esquinas un muelle de carga había sido reconvertido en marina; al menos así llaman allí a una plataforma metálica desde debajo de las cuales salen amarras que podrían contar las mil historias de los barcos que han sujetado. Y poco más: un barracón de obra en el que Massimo, el encargado, toma nota de la información de las embarcaciones que llegan. Pero está razonablemente bien situada respecto al centro de la ciudad, y la ciudad merece muchísimo la pena.

Como ya lo hicieran otras ciudades de Sicilia, otra vez nos conquistaron las calles angostas a veces, deterioradas otras, decadentes siempre, de esta pequeña gran urbe plagada de iglesias y edificios de prestancia. Las iglesias, casi todas neoclásicas, son el fénix salido de lo que las erupciones del Etna habían dejado en sus anteriores emplazamientos: cenizas.

Un convento de los Benedictinos es ahora una universidad. Caminar por sus amplios corredores alrededor de claustros que aún mantienen el latido lento de la oración, recorrer las anchas escaleras de mármol bajo techos decorados con frescos, o entrar en la enorme iglesia con el suelo cicatrizado por un enorme reloj solar que atraviesa la nave central para que el recorrido del sol relate el camino del tiempo, todo ello con estudiantes, profesores, aulas, pantallas y pizarras, es un verdadero alivio para el alma. No sé qué pensarían hoy los frailes que en su día habitaron aquellos espacios si vieran sus antiguas celdas convertidas en escenarios para el pensamiento y la enseñanza… a nosotros nos emocionó.

En unas calles céntricas de la ciudad, un mercado callejero me trasladó a la niñez. Cogido de la mano de mi madre recorría los puestos del mercado de la Cebada de Madrid entre intensos olores de comida fresca. En Catania, aquel mercado que exhibía pescado aún vivo en cubos o cajas de madera, carne al corte y verdura de todos los colores y tamaños posibles, me hizo recordar la cesta de la compra de mi infancia. Le compramos a pescaderos pescadores de manos grandes, castigadas por la fatiga y la sal; regateamos sobre los charcos derramados de los cubos de pescado; contemplamos a clientes y ofertantes, a paseantes y curiosos en ese mercado que se me hizo absolutamente natural en las calles de Catania, pero que no consigo imaginar en ningún lugar cuyo peso específico no se acumule en estratos interminables como los que subyacen en las barriadas de esta ciudad. Quizá haya sido el volcán el que haya inspirado la determinación de sus gentes para ser como son, vivir donde viven y no temerle a nada, ni siquiera al humo que cada mañana se ve desde la ciudad.

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar