Vulcano. Sombras en la noche

Después de una noche en Cefalu al amparo de una bahía bien protegida y con buen fondo, dimos un breve paseo por la ciudad para ver su catedral y llevarnos algo del aire de la ciudad. Es de esos sitios a los que uno desearía retirarse a escribir una novela, inspirarse en sus calles, en su ambiente auténtico (al menos en noviembre, porque el verano debe mostrar una estampa bien distinta). Pero queríamos salir hacia las Eólicas y aprovechar el día precioso que había amanecido y dejar el amarre en el sitio de algún pesquero al que nos habíamos cogido de manera casi furtiva.

La luna salió a recibirnos según nos acercábamos a la isla de Vulcano. Un espectáculo que no cejó hasta haber fondeado, a oscuras, en el puerto de poniente, oyendo rompientes y adivinando rocas de lava caprichosa en las sombras que nos rodeaban.

Paloma se levantó para ver amanecer y echarle un primer vistazo al volcán al que habríamos de subir más tarde. Y subimos. El ascenso iba desvelando escenarios maravillosos de la isla, la bahía donde habíamos fondeado, el archipiélago, el mar… Hasta que llegamos a la cima después de una hora y cuarto de ascenso. Allí vimos el interior del cráter, las paredes verticales  de los colores dispares con que cada mineral deja su impronta, las exhalaciones de las fumarolas, y los olores del azufre que hacían de ese entorno extraño, inóspito y bello, algo más parecido a un paisaje lunar que terrestre.

Nos sentimos pequeños. Y nos sentimos grandes. La naturaleza y sus fuerzas son sencillamente incomprensibles para una mente humana. Se las puede asir con la inteligencia, pero sin llegar más allá de una idea abstracta, porque cuando estás en el borde mismo de un volcán cuyas grietas bajo tus pies resoplan con una intensidad misteriosa, uno sólo puede sentirse pequeño y ajeno a esas magnitudes sobre las que podemos tener conocimiento, pero no experiencia.

Contemplando la bahía, vimos un barco de dos palos, como el nuestro, que no estaba en su fondeadero. ¡No puede ser! Pensé. Ya nos garreó el barco en Palau, al norte de Cerdeña, y llegamos apenas unos instantes antes de que colisionara con la escollera de un puerto. Que lo mismo nos estuviera sucediendo nuevamente era demasiada mala suerte. Y en efecto, lo que avistábamos era el Galatea, otro Amel Super Maramu como el nuestro que avanzaba hacia la bahía, y con cuya tripulación, Bruno (venezolano) y Natalie (francesa de Burdeos) cenamos la noche siguiente en el puerto de Pignataro en Lípari.

En la cena descubrimos que Bruno habla alemán e inglés, además de español; y Natalie habla francés, inglés, italiano, portugués  y alemán. Es decir, que ambos sólo comparten dos idiomas (inglés y alemán), y se comunican en éste último. Su historia es de novela: se conocieron con menos de veinte años en Alemania mientras aprendían el idioma; luego sus vidas siguieron distintos caminos, cada cual con sus propios vericuetos (trabajos, parejas, hijos…) y, décadas más tarde se buscaron y se encontraron para continuar con lo que habían dejado inacabado en su temprana juventud. Son una pareja encantadora que casi vive permanentemente abordo, menos los meses de verano que dedican a compromisos profesionales, y con los que tuvimos la sensación de no estar viviendo una locura; o que si lo es, al menos hay otros locos por el mundo que hacen lo mismo, y son gente encantadora.

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