Naxos es un pequeño pueblo a orillas de una bahía preciosa. A un lado, en lo alto, Taormina; al otro el impresionante Etna. Este volcán activo no lo vimos al llegar porque estaba nublado, pero sólo la bahía y el muelle de pescadores al que nos amarramos, primero abarloados y luego con el ancla, por popa, valen la pena. Este muelle es alto y antiguo, sin ningún servicio, dejado al albedrío de cada cual, con pocos barcos de pescadores, aunque parece que en verano tiene mucho tránsito de ferris turísticos. Cuando llegamos solo había una pareja con sus cañas, probando suerte; pero al caer la noche aquello se llenó de gente, todos con sus cañas y demás aperos para entregarse a la pesca. La mayoría fue yéndose a medida que se cerraba la noche y aumentaba la humedad, pero algunos seguían allí a las cuatro de la madrugada. Algo debe de tener la pesca que aún no hemos descubierto, ni somos capaces de intuir…

Al día siguiente nos fuimos a Taormina. Un autobús nos subió hasta el pueblo. No nos esperábamos tal cantidad de palacetes y edificios señoriales que plagan sus calles. El anfiteatro es interesante, y el hotel Timeo, junto a su entrada, digno de visitar. Entramos de la mano de la curiosidad, y enseguida nos deslumbró su estilo, la coherencia de su decoración, el buen gusto de cada detalle; el bar es uno de esos lugares en los que uno espera encontrarse con Bogart sentado al piano de color madera, saboreando las trazas de su soledad al son de una melodía triste.
Bajamos caminando durante más de una hora hasta llegar al puerto. La lluvia nos acompañó todo el camino, así que llegamos empapados al restaurante donde nos aliviamos del frío y la humedad con unos spaghetti bongole que teníamos pendientes desde que llegamos a Sicilia.
La noche se prometía tranquila, pero no lo fue. Saltó un poniente que nos echaba contra el muelle y nos obligó a recoger un poco de cadena, poner amarras en las bandas (por si había rolada), defensas en popa, etc. Finalmente pudimos descansar hasta el día siguiente que amaneció azul radiante, soleado, sin viento. Un día precioso.

La bahía, bonita de por sí, esta vez estaba coronada por el impresionante Etna. Su cima, nevada por las precipitaciones del día anterior, se clavaba en el cielo con un blanco intenso. Ni en una carta a los reyes magos se habría podido pedir una paisaje tan armonioso y plagado de belleza, miraras donde miraras. Un espectáculo que se desplegaba a nuestro estribor a medida que avanzábamos al sur camino de la ciudad de Catania.
