La llegada al puerto de Lípari fue como para no olvidarla. Siroco fuerte mientras entrábamos en una marina mínima con la bocana abierta al sur, y pantalanes flotantes agitados como si fueran juguetes, separados por cortas distancias entre las que meter el Alendoy parecía más que aventurado, dadas las condiciones… Pero entramos. Paloma, como siempre, crucial en una maniobra tan complicada.
La salida fue similar por el viento que no había cejado, pero que en el trayecto hacia Stromboli nos era favorable. Volamos hasta el volcán, y al llegar arreció con rachas de gran intensidad que hacían impracticable el fondeo en una zona cuyos fondos son de roca y a gran profundidad. Así que vimos el volcán, presenciamos algunas de sus erupciones y salimos con viento fuerte y mar levantada hacia el estrecho de Mesina. Fue un día difícil con olas que hacían prudente timonear como antaño, sin depender del piloto automático.

Llegamos entrada la noche, con lluvia, después de haber pasado varias tormentas, cansados y sin saber muy bien dónde fondear. Enfilamos el pequeño puerto de Scilla en la costa peninsular de Italia; la aproximación a oscuras impresiona (asusta, más bien), y llegamos a asomarnos al interior del minúsculo espigón al que pretendíamos sujetarnos para pasar la noche y descansar, pero descubrimos que no había sitio para nosotros. Así que nos vimos obligados a entrar en el estrecho de noche, cosa que pretendíamos evitar a toda costa. Al salir de Scilla, nada más conectar el piloto automático, éste no pudo con el viento fuerte que nos desplazaba la proa y perdió el mando dejando el Alendoy en rápido abatimiento hacia las rocas del espigón. Afortunadamente reaccionamos a tiempo, a muy poca distancia de la colisión, y todo quedó en una anécdota más que recordar.
Dada la hora, no había demasiado tráfico en el estrecho, así que pusimos la proa de regreso a Sicilia para intentar el fondeo en una playa. No fue posible: el fondo estaba profundo y había que echar el ancla demasiado cerca de la costa. Otra vez media vuelta y de regreso a la costa peninsular donde entramos en Marina dello Stretto, aún sin terminar, para pasar la noche que habría de sacarnos de esa jornada larga e incómoda, y llevarnos hasta el precioso día, soleado, y en calma que aprovecharíamos para bajar hasta Taormina.

El Estrecho de Mesina es bellísimo. Las dos costas italianas, una frente a la otra, se miran como si quisieran tocarse a través de esas aguas inquietas e inquietantes por el batido de corrientes de direcciones diversas, el empuje de vientos de todas las componentes y el tránsito de grandes mercantes y trasatlánticos en un sentido y otro. Si la entrada en Lípari fue una de esas ocasiones en las que uno se cuestiona por qué vivir a bordo, pasar por Mesina es de las que ayuda a responderse.
