Leí de un escultor que decía que venimos de una oscuridad infinita y nos dirigimos a otra oscuridad infinita, y que en esa inmensidad inimaginable sucede una chispa de luz a la que llamamos vida. Nuestra vida.
La catedral de Monreale, junto a la ciudad de Palermo, es una maravillosa oportunidad de disfrutar de esa chispa luminosa, y dejarse cautivar por la decoración más maravillosa que, al menos yo, jamás haya visto en un edificio de esas características.
Desde Palermo, Monreale está cerca en distancia pero lejos en tiempo. El tráfico a través de la única calle que luego se hace carretera, separa ambas ciudades más de lo que dictan los kilómetros de subida y curvas hasta llegar al promontorio donde se erige el pueblo. Es típico, empedrado, con olor a pan y sabor a campo.

Al entrar en la catedral entendí la diferencia entre “ver” y “contemplar”. Porque allí dentro, entre paredes altísimas todas decoradas con mosaicos donde predomina el dorado y se narran historias de la Historia, los sentidos exigen un tempo lento para inundarse de esa fiesta de luces, formas y colores que no se pueden olvidar. El Pantocrator, al fondo del altar, es sencillamente impresionante; las bóvedas, a cual más rica en decoración; el artesonado de madera en la nave central, elegante y austero, es un respiro en el torrente decorativo que fiel a un riguroso sentido estético, hace de todo el interior un conjunto con identidad propia y sentido en sí mismo. Es un lugar inolvidable en el que nada más entrar, Paloma sintió ganas de llorar, inundada como estaba por el espectáculo. Más que comprensible.

Volvimos pronto a Palermo y a sus calles erosionadas por el tiempo. La lluvia no había dado tregua desde comenzar el día, que decidimos terminar en las Catacumbas Capuchinas. Veníamos de la luz y la belleza, y de repente irrumpimos en la oscuridad y el silencio de la muerte. Centenares de cuerpos, algunos reducidos a huesos y otros convertidos en momias, pueblan los nichos y paredes del sótano. Las mujeres yacían por respeto, según nos explicaron; los hombres estaban sujetos en las paredes como si estuvieran de pie, por una interpretación de la muerte como tránsito hacia el cielo, y no como regreso a la tierra. Impresionaba caminar por aquellas galerías rodeados de personas que fueron y dejaron de ser. De ello la inscripción a la entrada: “eres lo que fuimos, somos lo que serás”. Todos ellos tuvieron su chispa de luz en la inmensa oscuridad. Para la mayoría -quizá para todos- esta luz es apenas tiniebla comparada con la que presuntamente alcanzaron al morir; pero caminando entre calaveras no podía evitar la sensación de que no había nada a mi alrededor, que ese enorme osario sólo alberga cosas que ya no son nada para nadie, ni siquiera recuerdos. Era la conversión de sujetos en objetos, de alguien en algo, de individuos en cosas. Y salí al exterior con ganas de volver a la luz, de haber aprendido en esa frontera imaginaria con el ultramundo, que más allá del mundo no hay nada, y por eso hay que exprimir hasta el último fotón de esta chispa que llamo vida.

Me alegra comprobar que las sensaciones que he experimentado en otras catacumbas no son exclusivas y que a pesar de ser sobrecogedor, es una vivencia única que no se debe dejar pasar.
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