Erice. Calles de piedra

Recomendado por nuestra amiga y buena compañera de viaje Almudena, decidimos hacer una escapada a Erice desde Trapani. La villa, situada en un promontorio de 660 metros, parece mucho más elevada por su cercanía al mar, a tan solo 10 km de la costa. Hay un funicular que lleva hasta allí, pero ese día no prestaba servicio debido al fuerte viento que soplaba.

Cuando la recepcionista de la marina nos anunciaba, estudiando los horarios del bus, que con dos horas y media no tendríamos tiempo para visitar Erice, pensamos que sería una exageración, imaginando un pueblo con una extensión similar a un Pedraza.

Así pues, tomamos el autobús de línea lo que nos permitió conocer la parte más moderna de Trapani y sus alrededores, con las salinas a pleno rendimiento y una gran diversidad de cultivos que nos recordaban a la España más rural de los setentas.

La subida por una estrecha carretera serpenteante y un conductor que aprovechaba cada curva para consultar su móvil, fue emocionante doblemente, por lo peligroso y lo impresionante que ya se vislumbraban en la cima, unas murallas que se confundían con la roca de la montaña, por haber sido construidas con ese mismo material.

La ciudad medieval te deja sin palabras, entras por una puerta gótica y comienzas a caminar por un empedrado, cuyo dibujo va variando marcando la diferencia entre las calles principales o de segundo orden. Cada piedra que vas encontrando da fe de todos los que pasaron por allí. Parece ser que fue fundada por unos troyanos cuando fueron expulsados de Troya y después fue ocupada por fenicios, cartagineses, romanos, normandos, árabes y españoles (aunque los griegos no la colonizaron parece que también dejaron por allí algo de su cultura). Fue lugar de peregrinación en la antigüedad debido a un templo que se erigió en primera instancia a Astarté, que luego fue Afrodita para convertirse en Venus. Empleando sus piedras, en la Edad Media, comenzaron a erigir iglesias, ¡hasta ocho! a todas luces demasiadas para la población del lugar. La explicación, según dicen los de Trapani, era para suplicar el perdón de Dios por los excesos acontecidos en la villa por los anteriores pobladores de estas tierras.

El Duomo y la Torre de Federico III, rey aragonés, son dos joyas que bien merecen una visita. Y la panorámica desde el castillo de Venice, fue un buen final para nuestro recorrido. Lo mejor, el paseo casi a solas por esas callejas, a veces callejones, que burlan a un viento que nos acompañó todo el día.

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