
Salimos de Cagliari con viento fuerte y olas grandes. Surfeábamos las inclinadas pendientes de agua entre la diversión y el miedo, disfrutando de la fuerza de la naturaleza, y a la vez conscientes de la insignificancia de nuestra embarcación ante las rompientes que nos alcanzaban y, en ocasiones, nos desplazaban el barco a su propio capricho. Parecía, pues, más prudente timonear que dejar el gobierno en manos del piloto automático; y así más de ocho horas evocando la memorable cita de Conrad: “El mar no es amigo del hombre, pero es cómplice de sus ambiciones”. Las ambiciones nos llevaron, 30 horas después, hasta la isla de Favignana, una del archipiélago de las Egadas con que uno se encuentra en su camino a Sicilia. Y la parada bien vale la pena. Su pequeño puerto cargado de tradición atunera, es una parada obligatoria. Nos recibió un viejo pescador que nos ayudó a amarrarnos a un muelle público donde se quedó el Alendoy mientras dábamos un corto paseo por el pueblo. De regreso, preferimos soltarnos del muelle y fondear en mitad del puertecito, entre los viejos edificios que antaño se dedicaron al procesamiento del atún. Por la noche cambió el viento, entró ola del norte y desde las 5 de la mañana hubo que hacer guardia, por si acaso…
Entrada la mañana salimos hacia Sicilia y arribamos enseguida al puerto de Trápani. Los marineros fueron la primera toma de contacto con sus habitantes; dos días después, cuando dejamos el amarre con pésimas condiciones para la salida, nos llevamos la confirmación de que las apariencias engañan…
La ciudad de Trapani tiene calles de piedra de dimensión humana (la extensión hacia la parte nueva ha adecuado su tamaño a la vida rodada, sin perder del todo la escala del hombre), y cuenta con edificios señoriales, otros grandiosos, y casas adaptadas a rincones imposibles como el musgo lo hace a los recovecos de las piedras. Es una ciudad maravillosa, con tanta belleza que hasta su decadencia la engrandece, asediada por el mar casi en todos sus frentes, tocada por arte de fachadas, balcones, pórticos, zaguanes y patios que descansan sobre su historia con la serenidad de los ancianos.
En sus calles vimos establecimientos que también poblaron las calles de ciudades españolas, y que ya sólo quedan en el recuerdo de los cincuentenarios, pero que en Trapani aún son parte de la normalidad cotidiana: barberías tradicionales con los grandes asientos reclinables donde los locales (ni asomo de hípsters) se pelan y afeitan mientras quienes esperan leen periódicos pasados y revistas antiguas; mercerías con elásticos, bordados, cenefas, botones y ropa interior; talleres de reparación de todo tipo de enseres (no de sustitución de módulos estropeados por otros nuevos); carpinterías; droguerías sin merchandising ni productos cosméticos; panaderías, carnicerías y pescaderías que, al borde de la calle, sin centro comercial que las arrope, atienden a la gente del barrio a quienes conocen por su nombre.

En estos días fuimos a Erice, que merece para sí una entrada en este blog. Y nos fuimos de Trapani con un sabor delicioso en el corazón por haber paseado por unas calles como las de esta maravillosa ciudad del pasado. Al salir hacia el norte, el viento soplaba fuerte por la banda de babor haciendo trabajar las amarras a pleno rendimiento. Dudamos si irnos o esperar un día más, pero finalmente optamos por zarpar y aprovechar ese mismo viento en la aleta cuando subiéramos hacia Capo de San Vito. En esa salida del puerto, los marineros dieron lo mejor de sí, y Paloma demostró, una vez más de entre un recuento interminable de oportunidades de confirmarlo, que no hay nada más importante abordo que una buena tripulación; ella es la tripulación del Alendoy, y también su aliento. Con 25 nudos de viento por el través, y rodeada de hombres acostumbrados a maniobras de puerto, tomó el mando, dio instrucciones y puso orden (y desconcierto) por ser ella, con decisión y firmeza, la que organizaba la maniobra, cargada de razón y sentido común. Imposible haberme sentido más orgulloso de lo que me sentí. Salimos con viento fresco, satisfechos de la complicada maniobra, y en busca de nuestro cómplice, el mar, para continuar hacia adelante.
