Dejamos Cerdeña

Cuando la normalidad te resulta extraña, ha llegado el momento de cambiar…

Cagliari ha ido cambiando de una época a otra, de unos pobladores a otros, de unas batallas a otras, desde donde la memoria alcanza a remontarse.

La ciudad nos ha recibido con sol y con lluvia, con viento y calma, con bullicio y silencio en sus calles. El mercado me trasladó a la infancia, a aquellos días en que acompañaba a mi madre a hacer la compra en el de la Cebada, en la Latina madrileña. Quizá por eso me atraen estas concentraciones de oferta y demanda entre cuyos puestos me gusta pasear siempre que caigo en alguna ciudad. En el de Cagliari paseamos, curioseando entre verduras, pescados, carnes y frutas, todos ellos productos conocidos, pero con un carácter distinto que hace que nos resulten un tanto extranjeros. Al puerto donde paramos le queda grande el nombre, aunque por estar dentro de la gran bahía de la ciudad, sobrevive a lomos del prestigio, la historia, y la belleza de una urbe anciana, y por ello dotada del porte de haber paseado por los siglos como quien transita por las baldosas de su casa.

-¡Qué suerte tienes! Me decía hace poco un buen amigo.

-Tú también puedes hacerlo, respondí.

-No, yo ya no puedo.

-¿Por qué?

-Cuando tengas mis años, ya me contarás.

-Eso es precisamente lo que busco, tener algo que contar.

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