Ya sé que no aporto nada nuevo si hago la distinción entre viajar y hacer turismo. Muchos antes de mí la han explicado e ilustrado con ejemplos múltiples y mejor prosa que la mía. Pero no quiero dejar de compartir la sensación que, en este sentido, hemos experimentado hoy al llegar al puerto de La Caletta, apenas 15 millas desde nuestro anterior fondeo, en porto Brandinchi. Éste, a pesar de su nombre, es una cala, y aquel, también contradiciendo el suyo, es un puerto… ¡Cómo somos los humanos!

El hecho es que habíamos llegado a Brandinchi aún bajo la impresión de las islas de Tavolara y Molara: la primera, impresionante, se eleva abruptamente, majestuosa y con la radical contundencia con que solo la naturaleza sabe expresarse; la segunda, un precioso contraste de la otra, complementándola desde una perspectiva totalmente distinta. Por eso el trayecto desde Olbia hasta Porto Brandinchi lo sentimos como un baño de belleza que, miraras a donde miraras, ofrecía un precioso espectáculo.
La Caletta no tiene gran interés, pero sí el paseo de unos 4,5 kilómetros hasta el pueblo de Posada. Lo habíamos visto desde el mar como una lengua de casas que se extendía por la ladera de un promontorio rocoso, aislado en un valle, frente a una amplia playa de arena blanca, y coronado por una torre medieval desde la que el paisaje -pudimos comprobar más tarde- no parece tener fin. Sus calles empedradas, las casas de otro tiempo cuya vida en su interior también parece venir de antaño, las marismas a sus pies, y esa luz mediterránea que hace lo bello aún más bello, recuerdan que este mar de hoy, lo ha sido de siempre; que sus gentes de ahora, han estado siempre ahí, cada uno en su tiempo, pero con la caricia de esas olas que no cesan de “besar su playa”.

Y así nos hemos sentido viajeros y no turistas, no por los lugares a los que hemos ido, sino por haberlos descubierto como son en vez de como los exhiben; y que están ahí por el cúmulo de sucesos provocados por el devenir del tiempo, y no porque nosotros llegáramos; hemos visto a personas que no nos esperaban, y para quienes nuestra presencia no suponía ningún cambio en sus rutinas, porque su sustento, sus preocupaciones, su vida, no dependía de nuestra llegada, ni de lo que compráramos o dejáramos de comprar. Por eso, quienes nos han saludado lo han hecho por la cortesía natural de quienes han aprendido de sus mayores que el saludo aproxima; sin pretensión, ni interés, ni objetivo ninguno; sólo seres cuyos caminos se cruzan, y punto. Ha sido un día precioso, lleno de luz, de interés, de buena comida (en La Donatella), de risas y paisajes… Uno de esos días que no soy capaz de concebir en el contexto de la industria del turismo.
