Nada puede asustarte más que mirar al mar buscando tu barco, tu hogar, y ver que no está en su lugar. Llevas la vista más allá y lo ves casi rozando el muelle… echas a correr mientras mil pensamientos te vienen a la mente. ¡Y ahora qué! ¿Se acabó el sueño? Todo lo que tenemos está en esos 20 metros cuadrados. Nunca pensé que pudiera suceder, habíamos pasado toda la noche fondeados, con bastante viento y el ancla había aguantado bien. Toda la mañana haciendo turismo sin adivinar que en un momento todo podía irse al traste. Por suerte, ha sucedido justo cuando nosotros estábamos a punto de llegar y un experto navegante francés, Françoise Sebright, viendo la situación, decidió saltar a su dingui y abordar el Alendoy para hacerse con la embarcación. Este incidente ha servido para hacernos conscientes de lo imprevisible que es el mar, no hay que temerlo, pero sí respetarlo siendo precavido al máximo.
Parecía que 30 metros de cadena para una profundidad de tan solo 4 sobre fondo de fango era un fondeo seguro. Y así lo había demostrado la noche durante la que el Alendoy aguantó vientos de 20-25 nudos sin ninguna dificultad. Por eso, a la mañana siguiente decidimos alquilar un coche e ir de excursión por el interior. Según íbamos visitando otros rincones, el viento se veía recio, y de componente norte, pese a una previsión que había vaticinado levantes y surestes. Cuando uno está lejos de su barco y algo cambia en las condiciones meteorológicas, es imposible evitar el desasosiego; pero tampoco puede uno volverse loco: el barco estaba bien fondeado y así lo había demostrado la noche. Pero cuando llegamos de regreso a la bahía, el Alendoy no estaba en su fondeo, y se lo veía avanzar garreando hacia un enorme muelle del puerto que le hacía de escollera. El vuelco al corazón fue tremendo. La reacción automática: acelerar y dejar el coche de cualquier forma, y correr a todo lo que dieran corazón y pulmones hasta llegar al dingui. Parecía un carrera interminable mientras el barco continuaba su avance rápido hacia la colisión, arrastrado por un viento fuerte.
Pensamientos de desastre me inundaron la mente, pero no los consideré. Parecía que de llegar a tiempo, aún podía evitarse un desenlace fatal. Paloma corría tras de mí por el pantalán del puerto a cuyo extremo habíamos dejado el bote que yo acababa de liberar; ella, ignorando la fractura de su dedo, corría por alcanzarme sabedora que de no llegar a tiempo, yo tendría que dejarla en tierra e irme a rescatar el barco. Salimos volando. Y llegamos a bordo a escasos minutos de perder el barco.
Miedo, alivio, tensión, nervios, angustia, pánico, llanto controlado, todo eran demasiadas emociones como para expresar ninguna de ellas. Abordo había un desconocido, Françoise, navegante solitario que había visto el garreo del Alendoy y saltando a su bote se lanzó a hacer algo para evitar el desastre de un barco para él desconocido. Estuvo apenas unos instantes viendo cómo protegerlo antes de que llegáramos nosotros. Motor, timón, recogida de ancla, y un primer alivio: habíamos salvado la nave. Faltaron, literalmente, unos muy breves minutos para haberlo perdido todo: mucho de naturaleza material, pero casi todo lo que había alentado nuestros sueños y anhelos en los últimos diez años.
A partir de ahí barajamos alternativas: entrar en puerto parecía complicado por las fuertes rachas de más de 30 nudos que soplaban constantemente; volver a fondear y esperar una mejora para entrar en puerto parecía buena opción, y de hecho largamos el ancla una segunda vez en la que el barco nuevamente garreó por el fondo de la bahía. Así que optamos por cogernos a una boya de las que el puerto tiene instaladas y que temíamos, con el viento que soplaba, que nos pusiera en una situación comprometida frente al resto de barcos en el supuesto de no poder cogernos a la boya en el primer intento. Françoise volvió a ayudarnos. Finalmente lo conseguimos. El barco estaba asegurado. Nosotros, con la herida en nuestro interior que había dejado el tremendo disgusto, la proximidad de un pésimo desenlace, la impotencia de no haber podido reaccionar más rápido, la incomprensión sobre cómo podía haberse perdido el fondeo, salimos peor parados que la nave. Y por detrás de tan intensa angustia, la sensación de tremenda suerte por haber llegado a tiempo; sólo por minutos, pero a tiempo. Aún no estamos recuperados, pero haber aprendido una lección tan enorme nos hace sentir un tanto diferentes a los que éramos cuando fondeamos en esta bahía junto al Puerto de Palau.

Hola Paloma, hola Víctor..Me estoy poniendo al día, leo y releo…..Qué experiencia tan increíble!! Envidia sana que siento!! Buena travesía. Que el viento os acompañe!! Cuidaros mucho. Besiños!!
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