
Septiembre 2022. Nosotros pertenecemos a una especie muy rara, infrecuente entre navegantes. No me refiero a los que se marean; esa está muy extendida. La nuestra era la de quienes reconocen que lo hacen. En el mundo náutico parece que nadie se marea, pero curiosamente todo el mundo recomienda algún remedio que, en su opinión, funciona muy bien. Está generalizada la idea de que los dos o tres primeros días de una larga travesía son “de adaptación”, y que en ellos se puede llegar a pasar mal, pero nadie dice en qué consiste ese “pasarlo mal” porque por algún prurito generalizado, nadie está dispuesto a reconocer, y mucho menos decir abiertamente, que se marea a bordo. Es como si el prestigio de alguien como navegante residiera en el hecho de resistir los embates de un mal, que por otro lado, es normal, incluso sano, que afecte. Sin embargo, todos se vanaglorian -y ejercen- de ser buenos bebedores. De hecho, a diferencia nuestra, tienden más a agasajar con alcohol que con comida.
A nosotros el mareo nos había respetado, quizá como compensación por la dureza con la que me azotó en la travesía desde Portimao a Azores. Desde entonces, lo habíamos mantenido a raya, respetuosos con los protocolos que nos resultaban eficaces. Así habíamos llegado a la isla que le da nombre al archipiélago, la más grande de las cuatro que lo forman y de las que solo dos están habitadas. Porto Santo es un pequeño núcleo de población, Madeira es mucho más grande, y cuenta con diversas poblaciones, además de la cantidad de casas que se extienden más o menos juntas, más o menos desperdigadas, por toda la isla. Las Desertas son dos islotes grandes, también habitados, pero no por humanos. Focas, aves y peces de enorme variedad conforman la población de esta reserva natural a la que no se puede acceder.
La isla de Madeira es una interrupción abrupta e inesperada en la amplitud del océano. Es vertical, escarpada, intensa en todo, en su altura, en sus contrastes entre el norte y el sur, en su verdor descabellado, en los barrancos inescrutables, en los valles sosegados. Su territorio parecen arrugas, como ondulaciones pronunciadas producidas en un tejido extendido cuando se lo empuja por lados opuestos. Picos elevados sobre laderas casi verticales que parecen perderse en un abismo verde. Barrancos con ríos sonoros pero invisibles que se precipitan, a veces hacia la cara moderada del lado sur de la isla, otras hacia caídas incomprensibles sobre el océano en el lado norte.
Esta isla, estragada por la naturaleza y perforada por los hombres, se nos presentaba como un laberinto de túneles que hacían posible recorrerla sin sufrir la condena de Sísifo. Por eso, casi cualquier trayecto en su interior suponía una intermitencia continuada de luz y oscuridad, de paisajes sobrecogedores y negrura pétrea, donde cada destello de luz era un espectáculo de belleza y vida.
Funchal es la capital de la isla. Sin grandes atractivos más allá de su propio ser, la sencillez de sus calles y el compromiso entre la montaña y el mar, esta ciudad es asequible para el paseo, el descanso, la contemplación. Ese compromiso entre la cima y su base, Funchal lo resolvía con su famoso teleférico. Un ascenso no apto para víctimas de vértigo, sin embargo es más que llevadero para sumirse en la contemplación del lado sur de la isla donde las viviendas se expanden a una o dos alturas hasta donde alcanza la vista, sin otro límite que el del mar. Arriba, una iglesia conmemoraba la santidad del emperador austríaco Carlos I de Habsburgo, hijo de la mucho más conocida -y cinematográfica- Sisí emperatriz. La tumba del emperador era una muestra más de la indiferencia de la vida por las jerarquías, la grandeza, las plumas, coronas y pieles, los méritos que cautivan a los humanos hasta el punto de desperdiciar su existencia en aras de los fuegos fatuos de la ostentación.





De regreso en la ciudad visitamos uno de sus mayores atractivos: el fuerte de Santiago, una construcción militar a orillas del mar que, a diferencia de las de su clase, está pintada en un amarillo conspicuo, dotándola de una personalidad que tal vez riña con la eficiencia militar.




Al día siguiente alquilamos un coche para recorrer el centro y norte montañoso de la isla. Boquiabiertos nos dejó el Pico do Areeiro con su altura, majestuosidad elevada, dimensión inabarcable; como más tarde lo hizo su antónimo paisajístico, el Curral das Freiras (el corral de las monjas), nombre del pueblo que ha permanecido aislado, sin más conexiones que veredas intimidantes entre paredes y cortados, hasta hace unos pocos años en que se construyó la primera carretera de acceso.





En el Norte, el cortado de San Vicente acogía la desembocadura de un río que, flanqueado por altísimas montañas, se encontraba con el mar a la vez que separaba los lados oriental y orccidental del pueblo. Luego Seixal, otro pequeño pueblo donde el asfalto y la olas se confunden con cada temporal. Más allá, siguiendo por la carretera del infierno entre cascadas y olas, nos desviamos para hacer un tramo por la calzada antigua que ya nadie transitaba por los dramáticos desprendimientos que la interrumpían. Pero nos sentimos audaces por los efectos de la embriaguez que aquellos paisajes radicales nos habían inducido, y así llegamos a Porto Moniz para ver las piscinas. Éstas, de origen natural, no se habían librado de la intervención del hombre, y ya combinaban la labor de la naturaleza con la ambición humana para concluir en un resultado de apariencia salvaje e interés turístico. Pese a todo, el escenario era más que merecedor de contemplación y deleite.






De regreso al sur de la isla nos detuvimos en Cámara de Lobos. La belleza del lugar no se limita al nombre. Es un puerto pesquero, natural, en un entrante del mar en la roca, donde las barcas de quienes faenan en sus aguas se congregan hasta la próxima salida con el despunte del día. Alrededor, el pueblo despliega sus calles, y aún más afuera, se extienden plantaciones de plataneras hasta donde alcanzaba la vista. Algún movimiento cuyo origen no llegamos a descubrir, había suscitado manifestaciones artísticas en sus calles, dotándolas de formas y colores que, como es propio del arte, transformaban inexplicablemente la genética urbana. Aprovechamos para probar las “ponchas”, bebida hecha a base de un licor local y zumos de frutas autóctonas.






El último día de Madeira estuvo dedicado al Museo da Baleia en Caniçal, y más tarde a su extremo oriental: la Ponta de Sao Lorenzo. Éste era uno de los muchos paisajes del archipiélago capaces de enmudecer a las palabras, de desbordar los sentidos, de tatuar la memoria. A poca distancia desde el puerto donde estábamos, Marina Quinta do Lorde, avanzamos hacia el este hasta alcanzar los estrechos caminos de tierra que se extendían por la larga y estrecha extensión de roca que se adentraba en el océano. Las vistas a uno y otro lado eran invitaciones a volar, desafíos a la imaginación con formas y tonos que no dejaban nada fuera. Las rocas, a veces negras, otras rojizas, contrastaban con los azules oscuros del mar profundo, los más claros y luminosos de sus aguas al estrellarse contra los acantilados, los blancos de la espuma que más tarde disipaba el viento como si quisiera robar esencias marinas para dispersarlas por el aire de un cielo azul y ventoso. No podíamos salir de la isla con mejor recuerdo en la retina, incapaces de imaginar que otros paisajes pudieran ni siquiera acercarse a la grandeza de los que dejábamos atrás. No tardaríamos mucho en descubrir hasta qué punto estábamos equivocados.



